….Inclina el oído….

La intención de este artículo es, como hiciera el apóstol San Juan en la Última Cena, intentar acercar nuestro oído al Corazón de Jesús, cuyo año jubilar estamos celebrando. Y ¿cómo hacer esto? Parece que el Espíritu Santo, el mismo que inspiró al salmista a escribir: “Escucha, hija, mira, inclina el oído…” (Sal 44,11)

Indica que la mejor manera de hacer esto es leyendo despacito, muy despacito algunos capítulos del Evangelio escrito por este mismo apóstol, en concreto aquéllos comprendidos entre el 13 y el 17. Es muy necesario para nuestra escucha tener presente que precisamente en estos capítulos nos encontramos con las últimas palabras y gestos, y quizás por eso los más entrañables (en el sentido de salidos de lo más profundo de su Ser divino y humano, de sus entrañas de amor y misericordia, por decirlo de alguna manera) que Jesús dirigió a sus discípulos y a través de ellos también a nosotros, instantes antes del comienzo de su Dolorosa y Sagrada Pasión por amor a cada uno.

Pongámonos en el lugar del discípulo amado a la hora de comenzar la lectura de estas palabras por él escritas, teniendo en cuenta que el amor a Jesucristo fue lo que lo llevó a guardarlas fielmente en su corazón como el más preciado tesoro y lo posteriormente a transcribirlas, sabiéndolas reveladoras de nuestra salvación. Y es que poniéndonos en el lugar de San Juan, ocupamos un sitio privilegiado, ya que este evangelista que el Viernes Santo será testigo privilegiado al ver con sus propios ojos el Corazón traspasado de Cristo, antes ha sido también privilegiado testigo oyente del latir de este Corazón, habiendo reclinado su cabeza sobre él en la intimidad de esta Última Cena. Nadie, pues, con la excepción de la Bendita Virgen María conocería como él este Corazón, y así, en silencio sobrecogido, quizás entre lágrimas, se ha dejado lavar la suciedad de sus pies por el Hijo de Dios, por el Mesías, su amado Rabbuní, arrodillado ante él con toda la humildad de un esclavo y con toda la caridad de una madre, y ha comprendido perfectamente la ultimísima y más importante voluntad del Señor con este ejemplo de amor fraterno brotado de su Corazón. Este gesto ha quedado tan fuertemente grabado en San Juan, que ha sido precisamente él el instrumento elegido para transmitírnoslo.

Volviendo nuevamente a nuestro sitio privilegiado del Jueves Santo, al oído de este discípulo unido al Corazón de Jesús, escuchamos las despedidas y también, a pesar de todo este derroche de Amor, las predicciones de la traición de Judas, de las negaciones de Pedro, así como de la cobarde huida y dispersión de todos los discípulos abandonando al Maestro en la hora de la prueba definitiva (16,32). En medio de esta escucha, literalmente palpamos la tristeza mortal y la amargura de cada latido de Jesús, cuya voluntad, a pesar del dolor y angustia por tanta infidelidad e ingratitud y ante su inminente Pasión, no es que sean consumidos por la tristeza ni por la desesperación, sino que la Caridad que mueve este Corazón conforta con dulzura a estos frágiles discípulos turbados y horrorizados (Jn14,1-3.18-19.23;15,11;16,1.7.22.27.33) y ora por ellos al Padre (Jn17,1-26).

Quizás lo mejor del Jueves Santo, junto con el inmenso regalo de la Eucaristía, sea precisamente esto; quizás se encuentre aquí, adelantándose a la Pascua, la raíz de nuestra esperanza, en esta oración de oblación e intercesión de Jesucristo ante el Padre no sólo por sus discípulos: “No ruego sólo por éstos sino por todos los que, por medio de su palabra, creerán en Él” (17,20) en las promesas del Espíritu Santo y de vida eterna. Aquí está la Buena Noticia del Jueves Santo, en la certeza de que Jesucristo al pronunciar estas palabras ya estaba pensando en nosotros, tan falibles como estos discípulos a la hora de llevar a cabo Su última voluntad sin Su gracia. Jesucristo, que “no es un hombre que dice y se arrepiente” (Nm23,19) ha rogado al Padre: “Que el amor con que Tú me has amado, Padre, esté en ellos y Yo en ellos” (17,26).

Es la noche del Jueves Santo, el mismo Jesucristo nos ha preparado ya para poder vivir con Él su Pasión hasta el último latido, y en la espera de la Pascua el Espíritu Santo, que aletea sobre la Iglesia, nos susurra con el salmista: “Póstrate ante Él, que Él es tu Señor” (Sal 44, 12b).

 

Hna Mª Amelia de la Sagrada Familia
Monasterio “La Concepción”
Hinojosa del Duque (Córdoba)

 

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