SAN FRANCISCO DE ASÍS, SOLEMNIDAD


Celebramos el recuerdo gozoso de San Francisco, el hombre que hizo de su vida un canto de amor fraterno.

El amor es la exigencia universal, quizá la exigencia más grande del Evangelio, porque Dios es amor. San Francisco hace de esta utopía del amor una realidad auténtica, que llega no solo a los hombres, sus hermanos, sino también a todo lo creado. Bien lo recoge el Evangelio del día de hoy en boca de Jesús: “¡Gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla!” pues san Francisco también forma parte de esta gente sencilla que supo descubrir a Dios en todo lo que le rodea.
 Al recordar a san Francisco no podemos por menos de preguntarnos qué representa en la realidad concreta de nuestras vidas, personal y comunitaria, el amor fraterno como programa de vida; qué lugar ocupan los hermanos en nuestros corazones; cómo valoramos sus cualidades;  cómo nos relacionamos con la naturaleza, cómo la cuidamos.
 Jesús de Nazaret vivió durante toda su vida ese amor fraterno y nos lo propuso como ejemplo de seguimiento: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado.”
 San Francisco sigue siendo modelo para todos los cristianos y, sobre todo, para los que vivimos nuestra vocación cristina siguiendo su estilo de vida. Que su memoria sea para nosotros estímulo de fidelidad más plena a Dios, todo bien, sumo bien, vivo y verdadero.

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