Carta Fr. Joaquínn Dominguez, Asistente
Fr. Joaquín Dominguez ofm., asistente de la Federación Santa María de Guadalupe, nos escribe con motivo de la próxima festividad de Santa Beatriz de Silva.
La figura de Beatriz en este año de la VC nos ofrece la ocasión de contemplarla como mujer dedicada por entero al Altísimo, firme seguidora de JC, el Redentor, y creyente fiel al soplo del Espíritu en plena sintonía con la disponibilidad de María, que se consagra a su culto y honra pero sobre todo que es consciente de su pertenencia al misterio de Dios y de su Madre.
La Consagración en Beatriz no es simbólica, es íntegra, radical y permanente. Desde cuando empezó a sentir rivalidad en la compleja relación con la reina y fue expuesta a los sucesivos conciertos matrimoniales en la corte, Beatriz experimentó la opción por la obra de Dios en ella y la separación cada vez más clara de los criterios volubles e inconsistentes del mundo. Casi seguro que la experiencia del encerramiento en el baúl expresa su radical pertenencia al Señor y su ofrecimiento personal a la Virgen sin mancilla. Esa oblación personal, esa generosidad y entrega, esa dependencia de la obra de Dios en simplicidad y radicalidad conforman uno de los cimientos más sólidos de su configuración personal y el de su comunidad monástica.
Beatriz se sabe elegida y ‘propiedad’ del Señor. Lo digo con acento porque en ocasiones, nosotros lo ponemos en la heroicidad de los llamados como determinante de la consagración o de la santidad, pero olvidamos a menudo que -primero en Israel, luego, anunciado el Reino- la consagración se asienta en el primer paso que Dios da hacia aquellos que elige, que separa o segrega, porque quiere mostrarles su benevolencia, benignidad y condescendencia… Y en Beatriz, la consagración a Dios es simultáneamente consagración a la Señora Limpia desde el primer instante, porque en Ella ha encontrado su camino y su ideal.
Aún cuando pasó por distintos estados religiosos y canónicos (seglar, señora de piso, beaterio y finalmente monja contemplativa…), su destino y su configuración se materializaron en su consagración al Altísimo y vivir bajo la observancia regular (IU 3), cuya Forma de vida monástica habría de ampararse e inspirarse en la imitación de la Mujer de Nazaret y vivir celebrando la oposición al mal y a toda figura de pecado mediante un culto personal y litúrgico, interior y exterior, lleno de limpieza y hermosura, en plena sintonía con la declaración paulina: “os exhorto, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis a este mundo, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto (Rm 12, 1-2).
En esa búsqueda de la voluntad de Dios, Beatriz resitúa su consagración personal y la convierte en consagración monástica y eclesial. Su proyecto de vida se asienta en un modelo exigente y común en su tiempo: vivir bajo el amparo de una regla, optar por una vida común y guardar perpetua clausura. Su propuesta en la Iglesia, además, causa novedad no por los ejes fundamentales de la vida monástica femenina, sino porque la figura de la Virgen sin mancha será el espíritu que debe inundar la vivencia de consagración de cada hermana y el aire que debe respirarse en el monasterio.
La obra de Dios en María preservándola de todo mal y mancha ha cautivado el sentir espiritual de Beatriz. En esa condescendencia se ensalza el poder de Dios y el modo de hacer de Dios. Cuando no hay testigos, cuando no media la condición humana, Dios realiza su designio. Como la semilla que crece de noche sin que el labrador sepa cómo, Dios ejecuta este prodigio en la persona y figura de María. Sin deslumbramiento ni alboroto, bajo el inmenso manto del silencio, María quedó preservada de esa común herencia del género humano a causa de la misión a la que Dios la había destinado desde siempre: ser la Madre del Redentor…cuyo fundamento lo encontramos en las palabras que el Ángel dirigió a la muchacha de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28). «Llena de gracia», como dice Benedicto XVI, es el nombre más bello de María, nombre que le dio el mismo Dios para indicar que desde siempre y para siempre es la amada, la elegida, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, «el amor encarnado de Dios» (Deus caritas est, 12).
Por su parte, el Papa Francisco, exhorta a los Consagrados en su carta de este Año jubilar, para que la alegría, la centralidad de la Palabra y la vida en comunión sean distintivos fehacientes de quienes hoy quieren ser testigos en medio del mundo por medio de la Vida Consagrada. Y en su carta se dirige a María, “como la Virgen de la escucha y la contemplación, la primera discípula de su amado Hijo. Ella, hija predilecta del Padre y revestida de todos los dones de la gracia, es modelo incomparable de seguimiento en el amor a Dios y en el servicio al prójimo”.
En ningún momento estas palabras del Papa pueden resultar extrañas en un monasterio de la Orden de la Inmaculada. Este Año y esta fiesta de agosto deben contribuir a recrear esta vocación y a agradecerla. Los orígenes y los cinco siglos siguientes son garante suficiente del cuidado y sustento que el Altísimo y la Madre del Señor han tenido para con cada hermana y cada monasterio, aun a pesar de los avatares y desafíos que el tiempo presente ofrece. Pues es importante y necesario recordar que la presencia del Dios y la realización de su obra no se ponen especialmente de manifiesto cuando los condicionamientos humanos o históricos son favorables, sino justamente al contrario. Por eso, la renovación general de la VC y de la OIC en particular será siempre obra del Espíritu del Señor y de su santa operación, aunque tengamos sensación de que el edificio se descompone y que es muy complejo su sostenimiento. Vivir con pasión el presente, en medio de fragilidades no está reñido con extender una inmensa mirada de confianza en el querer de Dios y en la intercesión poderosa de la Virgen Madre. Como lo experimentó Beatriz.
La revitalización de la VC será obra del Señor y de su Espíritu. Y se abrirán nuevas puertas y se nos ofrecerán caminos nuevos sin desconectarnos de nuestros orígenes y de nuestra particular travesía. Sucede también que algunos no auguran buenos tiempos para la Iglesia ni para la VC, pero ¿quién nos ha dicho que Dios ha de actuar a nuestro gusto o actuar siempre de un modo deslumbrante? En la Escritura contemplamos a menudo que Dios y su presencia no están en el trueno ni en el terremoto sino en la brisa suave, o que Dios vence al enemigo con escasos soldados, o que Dios derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes… Hoy es tiempo de retornar y retomar la Palabra como centro de la vida creyente, consagrada y monástica. La Palabra fue fuego y Espíritu para María, para los discípulos y para los santos, y la Palabra debe ocupar hoy la centralidad que nadie puede arrebatarle. Precisamente Beatriz, por medio de María, ajustó toda su vida y su proyecto a la fidelidad de Dios y a una vida en simplicidad y comunión, y jamás fundamentada en el éxito y el reconocimiento de los poderosos de este mundo. La confianza plena en la mano compasiva del Padre engendró la obra monástica de Beatriz y como tal ofreció a la Iglesia y al mundo. Por eso, en este 17 de agosto miremos con gratitud el pasado, con pasión el presente y con esperanza el futuro.
Feliz día de Santa Beatriz y feliz día para agradecer la vocación de este divino camino en seguimiento de Jesucristo, a honra de la Concepción Inmaculada de María.
Con la bendición de Dios,
Fr. Joaquín Domínguez Serna, OFM
Asistente


