Solemnidad de Santa Beatriz en Viseu - Portugal
Era domingo, 16 de agosto. Y el día del Señor despuntó lleno de entusiasmo, anunciando a todos cuantos se preparaban para celebrar las I Vísperas de nuestra Madre Fundadora que aquel sería un día especial; un día de extraordinaria alegría, pues celebraríamos las maravillas del Señor en su sierva Beatriz, en honor de la Madre Inmaculada.
Las festividades comenzaron en la capilla de nuestro Monasterio. Las flores llenaban la Capilla de los más hermosos colores, adornando el altar, a la Virgen María y a Santa Beatriz, dando a la celebración el tono que le era propio; todo nos hablaba de alegría, pureza, luz, cielo, haciéndonos vislumbrar un poco la gloria de Dios entre nosotros.
Hacia las 16:30 h, el grupo vocal Ançãble nos deleitó con sus magníficas voces, alegrando nuestro corazón y llegando incluso a hacerlo estremecer de un tierno amor por la Virgen Inmaculada. Fue un concierto enteramente mariano. Todas las piezas, desde el siglo IX, con la Salve Regina, hasta las composiciones más recientes de la tradición portuguesa, como, por ejemplo, la Salve, nobre padroeira, nos encantaron, haciendo crecer nuestro amor por la Virgen.
Terminado el concierto, se repartieron entre todos los presentes unos libritos con los salmos y sus respectivas melodías, para que todos pudieran cantar a una sola voz con las hermanas las I Vísperas en honor de Santa Beatriz de Silva. ¡Qué hermoso fue rezar cantando con todo el pueblo de Dios —sacerdotes, diáconos, religiosas y laicos—, todos unidos en un solo corazón y una sola alma, en una sola voz, en un mismo arrobamiento, dando gracias a Dios por el DON que es Santa Beatriz para toda la Iglesia!
Después de las Vísperas, tuvo lugar la procesión.
Las campanas repicaron, resonando alegremente con jubilosos tañidos y anunciando la salida del cortejo solemne. Al frente, una niña muy hermosa, vestida de Santa Beatriz, inició nuestra procesión. Después aparecieron dos hermanas, seguidas del paso con nuestra Santa Madre. Detrás, los sacerdotes y diáconos —esas manos benditas que Santa Beatriz siempre veneró con tanta estima y por quienes se ofrecía diariamente en los claustros de los palacios de Galiana— llevaban ahora, con veneración por las calles, su reliquia. Varias personas se unieron a esta procesión, rezando y cantando.
Y el Señor nos bendijo con el hermano sol y la hermana lluvia. Recordamos el refrán: «Boda mojada, boda afortunada». En realidad, no estábamos celebrando una boda, pero era la primera vez que Santa Beatriz recorría solemnemente las calles de nuestro barrio, y esperamos que el Señor nos conceda la gracia bendita de que esta procesión se convierta en una tradición que se mantenga a lo largo de los siglos.
Al final del día, cuando cada uno hubo regresado a su casa, nosotras, como hijas predilectas, nos reunimos alrededor de nuestra Madre Fundadora y, antes de irnos a dormir, pedimos su bendición, cantando alegremente la Vigilia en su honor.
Y así como rápidamente el hermano sol terminó su ocaso y dio paso a las hermanas estrellas que, encantadoramente, centelleaban en el cielo, haciéndonos recordar a nuestra Bella Madre, la estrella resplandeciente de María Inmaculada —Santa Beatriz—, así esperamos ansiosamente el día siguiente.
El día 17 amaneció hermoso y jubiloso. Por el dormitorio de las hermanas resonó una hermosa música en honor de Nuestra Señora y, al son de la música, cada una acudió rápidamente a la capilla para comenzar a cantar las Laudes.
Pasamos el día todas juntas preparando la celebración que viviríamos por la tarde.
A lo largo del día, varios sacerdotes, amigos y familiares nos felicitaron por este gran día y se unieron a nosotras en este año jubilar.
Rápidamente llegó la hora de la santa Misa. Eran las 18:30 h cuando el órgano comenzó su canto y a él se unió toda la asamblea celebrante en una sola voz, que, así lo creemos, se hizo escuchar por toda la ciudad, tal era nuestro ánimo y entusiasmo al celebrar las maravillas de Dios en la vida y obra de nuestra Santa Madre Fundadora.
El Sr. Obispo, D. António Luciano, inició la celebración dando las gracias a todos los sacerdotes y diáconos por su presencia, así como a todo el pueblo de Dios.
Durante la homilía, el Sr. Obispo nos recordó las hermosas palabras de San Bernardo: «La medida del amor es amar sin medida», y así nos invitó a apreciar cómo «en la vida de Santa Beatriz encontramos este amor, el vivir este amor, vivir en el amor, compartir el amor». También nos invitó a vivir del Espíritu y a aspirar a las cosas de lo alto, procurando imitar la santidad de Beatriz.
«¡Nuestra patria es el cielo!», decía.
«Imitar a Beatriz es una invitación a ser fieles al carisma, a alimentarnos de la Eucaristía y de la Inmaculada Concepción».
Y también: «La belleza no es contraria ni opuesta a la santidad. La santidad atrae la Belleza», invitándonos a deleitarnos con «la melodía del salmo “He aquí que viene el Esposo”». Como vírgenes prudentes, siempre preparadas para salir al encuentro del Esposo y recordando a los hombres que el vestido nupcial es el encuentro con Dios, pues «solo la comunión con Dios genera el amor oblativo».
El Sr. Obispo también nos dejó una petición de oración: nos pidió que «en la oración, habláramos con Dios, que siempre nos escucha. Hablarle del mundo, de la Iglesia, de los Obispos, del Papa, de los Sacerdotes».
Finalmente, nos dejó este hermoso mensaje:
«¿Dónde está el secreto de la fidelidad a la vocación bautismal y consagrada? Conocer y amar a Santa Beatriz. Porque mi patria es el cielo, como Santa Beatriz, ¡quiero ser feliz!»
Terminada la celebración de la Eucaristía, nuestro corazón palpitaba de alegría y gozo en el Señor, nuestro Dios, que tan cariñosamente nos colmó a todos de sus dones en comunión fraterna, al celebrar el día tan hermoso de nuestra Madre, Santa Beatriz de Silva.



