CENTENARIO DE LA BEATIFICACION DE SANTA BEATRIZ DE SILVA
Hoy día 28 de julio, celebramos los 100 años de beatificación de nuestra Fundadora Santa Beatriz de Silva, damos gracias al Señor por conceder a la Iglesia y especialmente a nosotras Concepcionistas franciscanas, la santidad de esta mujer de grandes virtudes, que supo acoger el don de la vocación; ese gran misterio de amor entre un Dios que llama y un ser humano que le responde libremente y por amor. Nuestra Fundadora fue beatificada y reconocida como una estrella que brilla junto a la Luna, la Inmaculada. Desde el Cielo, continúa siendo ejemplo e intercesora para todos los que, en esta tierra, navegamos por el mar de la conversión. Porque la memoria de esta mujer permaneció viva en el corazón de nuestras hermanas hasta el día de su glorificación, más de quinientos años después de su muerte. Entre las muchas hermanas que lucharon y se esforzaron para que la vida de Santa Beatriz fuera reconocida, recordamos de manera muy especial a la Venerable Madre Teresa de Jesús Romero, que supo unir a la Orden para que todas, con un solo corazón y una sola alma, trabajaran por la glorificación de nuestra Fundadora. En una de sus cartas expresaba así su gran deseo: «Madre mía, tú brillas como una estrella resplandeciente en esa morada, mientras que aquí, en el mundo, permaneces sepultada bajo las cenizas del olvido. Estoy dispuesta a trabajar cuanto pueda, procurando darte el honor que mereces y para que Dios sea glorificado en ti.» Y añade, además: «Estoy cierta, mi amada Madre, de que en el corazón de todas las concepcionistas que aman a la Orden con amor sincero late un vivísimo deseo de ver a su insigne Fundadora venerada en los altares; y este es el importantísimo asunto que nos ocupa.» (Carta 1, 30/01/1902) Que el testimonio de nuestra Fundadora y el celo de nuestras hermanas nos ayuden también hoy a renovar nuestro amor a la Orden y el sincero deseo de caminar juntas por los caminos de la santidad. Santa Beatriz, dócil a las llamadas del Espíritu, comprendió que la santidad no florece en el aislamiento, sino en la comunión. La primera comunidad concepcionista fue un verdadero jardín de fraternidad, donde cada hermana ayudaba a la otra a recorrer el camino de la santidad. De ello son testimonio la perseverancia de las primeras compañeras y su valentía para conservar y mantener vivo el legado recibido de la Fundadora, cultivando un profundo sentido de pertenencia a la comunidad y al carisma que compartían. Como recuerda San Juan Pablo II, el carisma de los fundadores es «una experiencia del Espíritu transmitida a los discípulos para ser vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente» (Vita Consecrata, 37). La fidelidad de las primeras hermanas se manifestó precisamente en la conciencia de que el don recibido no les pertenecía individualmente, sino que constituía un tesoro confiado a la comunidad para ser transmitido a las generaciones futuras. Hoy también nosotras somos herederas de la santidad de Santa Beatriz y del testimonio de las hermanas que nos han precedido. Nos corresponde acoger con gratitud el patrimonio espiritual que hemos recibido y mantenerlo vivo, con la confianza de que es el Espíritu Santo quien nos guía y sostiene, garantizando la fidelidad y la fecundidad de un carisma que continúa al servicio de la Iglesia y de la construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva. Todo esto solo es posible si vivimos en la comunión de la Trinidad, en unidad con la Iglesia, en comunión con la Orden y en una profunda unión fraterna con cada hermana de nuestra comunidad. Es en esta red de relaciones, tejida por el Espíritu, donde el carisma se fortalece, la fraternidad florece y la santidad se convierte en un camino compartido.



