Es el Señor
Los discípulos, tras la muerte de Jesús, se encuentran tristes y solos. Vuelven a Galilea, a pescar, como antes. Volvieron a la dulce Galilea, al lago entrañable, al trabajo conocido. Quieren recordar otros tiempos.
Pero las cosas no son como cuando estaba Jesús. Van a pescar y no pescan nada. Quisieran tener tanta luz como tenían cuando estaba Jesús, pero ahora, ellos solos, no tienen con qué encenderla. Hasta que llega Jesús: con él, la pesca es abundante. Él es la chispa capaz de poner luz en su vida. Él, entonces, les da de comer el pan de la Eucaristía, en donde él se hace presente.
La Pascua, siempre al amanecer. Es normal; cuando se levanta y resucita el Sol, amanece; cuando Jesús-Sol se hace presente, es de día. Con la presencia de Jesús, todo se va a iluminar; sobre todo, el alma de aquellos discípulos. Las añoranzas se harán vivencias, las fatigas de la noche obtendrán su recompensa, al mar volverá a ser un medio dócil y agradecido. La aparición de Jesús volverá a dar sentido a la vida y a todas las cosas. El es la luz, él es nuestra luz.
La primera vez que Jesús apareció a sus discípulos, Pedro calló de rodillas diciendo: <
La presencia de Jesús resucitado cautiva. Se parte como pan y se entrega para alimentarnos y unirnos íntimamente. Él es el que vivifica y dinamiza a la comunidad, como la vid a los sarmientos. Es el Cristo Dios que salva, y hay que amarlo más, más que a todo. Cada uno de nosotros sufre un examen de amor, como Pedro: << ¿Me amas? ¿pero de verdad? ¿Y en la vida?>>. Si aquí no aprobamos, no hay nada que hacer.
Nuestra tarea es la pesca. <



