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IV DOMINGO DE ADVIENTO


23 Diciembre 2017
IV DOMINGO DE ADVIENTO

Con este domingo concluye el tiempo de Adviento. Y en él las lecturas nos hablan de promesas que tocan a su cumplimiento.

En la primera lectura, tomada del Segundo Libro de Samuel, se nos presenta una promesa de Yaveh al rey David, en boca del profeta Natán: “afirmaré después de ti tu descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”.

Esta descendencia, que hará que su reino permanezca para siempre, es Jesús, el Hijo de Dios, “revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora”, como nos dice san Pablo en su carta a los Romanos.

El Evangelio (Lc 1, 26-38) recoge cómo se cumple esta promesa. De una forma insólita, inaudita, inesperada, singular, fuera de todo sensacionalismo, al que estamos acostumbrados y necesitados. Y es que las cosas de Dios ocurren así, desde el silencio, la sencillez, la humildad, de manera que nos desconcierta, pero que en el fondo, nos atrae y envuelve con gozo y estupor. Toda la historia de la salvación, todo el plan proyectado por Dios para salvar al hombre del pecado, está a punto de realizarse, pero Dios quiere contar con nosotros y pide su consentimiento a una sencilla muchacha de pueblo, poniendo en sus manos todo su proyecto salvífico. Ya el profeta Isaías lo apuntaba ocho siglos antes, ofreciendo una señal al rey Acaz: “ la virgen está en cinta y da luz a un niño…”.

Y María, atenta a la escucha, abierta, y con gran docilidad, se muestra dueña y señora de sí misma ante tal acontecimiento: se turba, pregunta lo imprescindible y acoge con fe, abriendo sus entrañas a la acción del Espíritu. Ya dicho “sí” en su corazón y también con los labios dará su asentimiento a la propuesta de Dios: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) Es una respuesta que cambiará la historia entera de la humanidad y que la convertirá en la Madre de Dios y la Madre de todos los creyentes.

Es la plenitud de los tiempos, Dios se ha encarnado, se ha hecho hombre por amor, para salvar al hombre, anonadándose, dejando su condición divina, para tomar la nuestra y elevarnos como hijos de Dios y hacernos así partícipes de su naturaleza divina.

Quedémonos con la actitud de María, con esta capacidad de escucha, de fe a todo lo que Dios le pide. Todavía no comprende todo lo que esto significa y llevará consigo (momentos de oscuridad, peligro, …)pero se abandona en Dios y confía plenamente. Ella es nuestro modelo y maestra en el seguimiento de su Hijo, como intentamos vivirlo las concepcionistas.

Que Ella nos ayude en estos días a penetrar en el misterio deslumbrante de la Encarnación del Verbo, en la que el Dios eterno, inmortal e invisible, se hace presente entre nosotros. Admirémosle y adorémosle honda y serenamente. ¡Feliz Navidad!