TERCER DOMINGO DE ADVIENTO
Estamos llamados a vivir el domingo «de la alegría» (gaudete), por la espera de la salvación cercana. La alegría invade la Liturgia de la Palabra… Grita el profeta: «Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios.» «Estad siempre alegres» nos dice san Pablo.
Ser felices es tal vez el deseo humano más universal. ¡Todos queremos ser felices! La alegría es don del Espíritu Santo y es la tarea de perseverar en la esperanza y el amor.
La segunda lectura es de una belleza singular, y aún más para una Monja Concepcionista, por eso me detengo a parafrasearla…
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“Estad siempre alegres” – Sí, es un reto para cada momento, pues nuestro “estilo de vida” será más convocador, cuanto mejor viva cada una su propia vocación contemplativa en amor, fidelidad y alegría (CC. GG. 138)
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“Orad constantemente” – La elección amorosa de Dios, que nos seduce y desposa en fidelidad (Os 2, 16.22), nos lleva a responder con nuestra vida de continua oración. A ejemplo de María…, buscamos orar siempre sin desfallecimiento (Lc 18,1) (CC. GG. 70, 1 y 73, 1)
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“En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” – Meditando en nuestro corazón las maravillas del Señor, buscamos siempre dar gracias a Dios en todo lugar, pues es esta, por voluntad divina, nuestra vocación” (CC. GG. 73, 2)
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“No extingáis el Espíritu…” – Es Él quien nos guía a la plenitud de la verdad y alegría, por eso “…sobre todas las cosas debemos desear poseer el Espíritu del Señor y su santa operación, con pureza de corazón y con oración devota” (R. 30).
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“Absteneos de todo género de mal” – El tiempo de adviento se reviste de un matiz penitencial, por eso es siempre bueno recordar que “…apartarse de todo el mal y pecado, hacer siempre el bien... en esto consiste la verdadera penitencia de la concepcionista.” (CC. GG. 88).
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“Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo.” – Resplandece el ideal inmaculista… sigue el desafío en las pequeñas cosas de nuestra vida… pues “…a quién el Señor concede la gracia de la vocación, tiene que buscar, en todo momento y con todas las fuerzas, alcanzar la pureza de mente y de cuerpo de Jesús Cristo y de su Madre Inmaculada. (CC. GG. 87). También “… el Evangelio a la luz del carisma de la Orden, debe favorecer el crecimiento en la pureza de cuerpo y espíritu” (CC. GG. 126, 2).
Viviendo así, tenemos pues la firme certeza que:
“Fiel es Él que nos llama y es Él quien lo hará” (cf.1Ts 5,16-24).
El broche de oro es el Evangelio de Juan (1,6-8.19-28). San Juan el Bautista es quien, con su testimonio de precursor humilde de Cristo, nos ofrece las claves para poder participar de los dones que Dios quiere comunicarnos para que lleguemos a la alegría plena: la humildad y la necesidad de vaciarnos de nosotros mismos, pues Dios no puede donarse a sí mismo, si nosotros estamos llenos de nosotros mismos, sin dejar espacio a Dios en nuestro corazón. Hay que darle su espacio en nuestras vidas, pues Él quiere nacer en el hoy de la historia humana…
Ya sabemos que, «Evangelio» significa, feliz noticia, anuncio de alegría, pero el discurso de la Biblia sobre la alegría es muy realista. Las alegrías verdaderas y duraderas maduran siempre desde el sacrificio. ¡No hay rosa sin espinas! Como no podemos separar gozo y dolor, tenemos que elegir: o un gozo pasajero que lleva a un dolor duradero, o un dolor pasajero que lleva a un gozo duradero. Esto es perceptible en toda alegría humana: la de un nacimiento, el trabajo llevado felizmente a término, la amistad, una buena cosecha para el agricultor, la victoria para el atleta. ¡Todo es don y tarea!
¿Pero entonces para el creyente la alegría, en esta vida, será siempre y sólo un gozo «de lo que está por venir»? No, la forma más pura de la alegría es la alegría que se tiene en esperar. María también canta el Magnificat sin saber todo, pero esperando todo de Dios y entregándose totalmente Él (CC. GG. 45); aquí tenemos el modelo señalado de la hermana Concepcionista. Nuestra alegría no es la alegría pasajera del mundo… la diferencia es que la fiesta, que el creyente espera, no durará sólo algunas horas para después ceder el paso a la tristeza, sino que durará para siempre. ¡Las pequeñas alegrías, que vivimos, son siempre un anuncio de la esperanza de la alegría eterna!
¡Deseemos, pues, ser testimonios vivos de alegría, por la esperanza que nos anima!
Hna. Maria Helena Alexandre
Monasterio de santa Beatriz de Silva – Viseu



