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¡Vigilad! Primer Domingo de Adviento


03 Diciembre 2017
¡Vigilad! Primer Domingo de Adviento

Empieza el tiempo del Adviento y con él se abre también el nuevo año litúrgico. Las cuatro semanas de Adviento, como preparación para la Natividad del Dios Encarnado, quieren significar y poner delante de los ojos de nuestro corazón una realidad muy importante en la vida cristiana: el misterio de la espera y venida de nuestro Dios.

De hecho, cada hombre y mujer – aunque no se den cuenta – llevamos en el corazón una esperanza de salvación, una aspiración sublime, que no está a nuestro alcance lograr por nuestras propias fuerzas. Podemos experimentar diariamente que ni nuestra inteligencia, sabiduría o técnica, ni nuestros conocimientos más elevados del mundo nos permiten llegar a saciar ese deseo. Entonces, muchas personas piensan que este anhelo está destinado a permanecer siempre en el corazón como un vacío insaciable, o un grito en el desierto de esta vida. Sin embargo, nosotros sabemos – ¡por pura gracia de Dios! – que la respuesta a esta espera tiene un nombre: Jesucristo.

 Para que esta espera tenga sentido, exige esperar alguien, alguien que realmente viene, que se deja encontrar, que quiere construir una relación con nosotros, que desea este encuentro aún más que nosotros. De este modo, la espera se transforma en un ir al encuentro, que nos lleva a desear estar preparados, vigilantes, despiertos para no perder nada de ese momento gozoso. Hablamos no solo del encuentro definitivo con Jesús, en su última venida, sino también del encuentro diario que su Misterio de Amor prepara para nosotros, ahí dentro de nuestro corazón, en lo más profundo…

El Evangelio de este primer domingo de Adviento comienza y termina con la misma expresión: «¡Vigilad!». Vienen después dos formas de vivir este estado de vigilia al que estamos llamados.

 La primera indica el “porqué” de la vigilancia: «Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento preciso»; el momento preciso de la venida de Cristo, del Encuentro. Ese momento lo desconocemos, y Dios lo permite así para que no vivamos preocupados por conocer el final, sino que nos ocupemos de vivir y discernir los signos de los tiempos en la escucha y en la confianza filial que lleva a la obediencia. Esta espera del momento en que entraremos en el Reino de los Cielos, lejos de ser una espera llena de temor o ansiedad, deberá ser una espera incesante e intensa, alimentada por un amor confiado. 

La segunda forma de vigilancia nos enseña el “cómo”: «Sucederá lo mismo que con aquel hombre que se ausentó de su casa…» y la dejó al cuidado de sus criados. De aquí brota la necesidad de “cuidar de la casa”, cada uno de nosotros que somos los “criados” a quien se nos ha confiado esta atención y vigilancia. ¿Qué casa es ésta? Puede ser la imagen de la Comunidad, presencia del mismo Cristo en medio de nosotros a través de los hermanos. Somos, por lo tanto, responsables, cada uno, de esta casa, de su crecimiento y desarrollo según la voluntad de Dios. El cuidado del otro, la ternura, la paciencia, la caridad, la misericordia son “herramientas” de construcción del edificio espiritual de nuestras Comunidades, hasta que venga el “dueño”. Sin embargo, esta casa será, antes de nada, nuestro propio corazón. Si no velamos en nuestro interior, no podemos ser buenos centinelas para custodiar la casa-comunidad. Si no experimentamos la necesidad ardiente de entrar en nuestro corazón, cerrar la puerta y ahí, en soledad, rezar al Padre en el secreto, no estamos aptos para guardar la comunidad.

 ¡Que no estemos dormidos en nuestro corazón, sino atentos, con los oídos abiertos a la voz de Dios que nos habla a través de muchas mediaciones! Solo así podremos vigilar verdaderamente y estar preparados para el momento gozoso del Encuentro con Cristo Jesús. Pidamos esta gracia a la Señora del Adviento, a nuestra Madre Inmaculada en estos días de su novena. 

Hna. Inés Bidodinho
Monasterio de Campo Maio