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¡Corramos en busca del Resucitado!


16 Abril 2017
¡Corramos en busca del Resucitado!

La gran noticia que se nos da hoy es que Cristo venció a la muerte, ha resucitado verdaderamente, y con Él podemos también cada uno de nosotros resucitar.

Se nos ocurre pensar que ya muchas veces hemos escuchado esto, que es un año más… que hemos ya vivido muchas pascuas… Pero vivido, de verdad, ¿o solamente dejado pasar una fiesta más? Este es el punto: que hoy Jesucristo quiere hacer pascua con nosotros, hoy. Quiere hacernos nuevas creaturas, engendradas por la sangre de su cruz, por su inmenso amor y misericordia. 

Según nos dice la primera lectura de la misa, de cara al hecho sorprendente de la Resurrección de Jesús, Pedro se presenta como testigo de las obras del Señor, siendo la última y la más grande su resurrección. Su testimonio está cargado de fuerza cuando afirma: «nosotros hemos comido y bebido con Él después de su resurrección de entre los muertos». Comer y beber con alguien significa compartir la mesa, compartir la vida, estar codo a codo… Con los discípulos, el Resucitado se baja hasta sentarse a la mesa y comer el pan con ellos. Hoy, con nosotros, hace más aún: se sigue bajando al punto de hacernos sentar a su mesa y nos sirve el mismo; nos da el Pan que es su mismo Cuerpo y su Sangre. ¿Cómo no ser testigos de este amor? ¿Cómo no anunciar con la vida que Él vive entre nosotros? 

Y, ¿cómo no vivir de la vida nueva, «la vida escondida con Cristo en Dios»? Pues si hemos muerto con Cristo nuestra vida no está aquí… Las palabras dirigidas por Pablo a los Colosenses hoy son para nosotros: buscar, aspirar a los bienes de allá arriba, pues ahí está nuestra vida: Cristo Jesús. Eso lo hicieron los personajes que san Juan nos presenta en el Evangelio: María Magdalena, Simón Pedro y el otro discípulo. 

La primera, la que madruga por su amor ardiente, es María Magdalena. Esa mujer que se sintió amada y comprendida en lo íntimo de sí misma por el Maestro, corre, no puede quedar en sosiego, apenas pudo dormir aquella noche… y se va al sepulcro. Quiere estar cerca de Jesús. Quizás en ese momento no se acuerde de que Jesús dijo que iba a resucitar… pero se marcha. Allí donde está su Señor, también ella quiere estar. Confundida, piensa que se llevaron el cuerpo del Señor y una vez más corre, corre a avisar a los discípulos. Esta búsqueda que lleva en el corazón la empuja a correr. ¿Para qué o para quien corremos nosotros?... Pidamos la gracia de correr en busca del Señor en lo cuotidiano, con el corazón ensanchado y ardiente como Magdalena.

Simón Pedro ya no puede correr como antes. Los añitos ya le pesan… Y es el otro discípulo quien llega antes al sepulcro. Sin embargo, notemos el detalle: no entra. Espera a que llegue Pedro, el jefe de la Iglesia naciente, y solo después de que Pedro entre, pasa también él. La reverencia y el sentido de que Pedro ha sido elegido por el mismo Señor Jesús como piedra, fundamento de la Iglesia, puede estar en la mente del otro discípulo - que la tradición siempre identificó con Juan. Este discípulo, que reposó en el pecho de Jesús, entra después de Pedro y creyó. No se nos dice de Simón Pedro que acredita, tan solo que ve las ligaduras; de Juan se dice claramente que «entró también el otro discípulo… vio y creyó». El estar con el Maestro tan cerca de su corazón, el estar a los pies de la Cruz en aquel viernes de horror, le ha dado ojos capaces de ver lo invisible, corazón capaz de creer en algo sorprendente e inaudito. Aunque siga siendo “hijo del trueno”, su vida no será la misma… 

Y nosotros, ¿nos dejaremos cautivar por la Vida Nueva que se nos ofrece hoy? ¿Nos dejaremos conquistar por Cristo Resucitado, aceptando la aventura de exponernos a que Él venga y cambie nuestra vida?