Skip to main content

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA “La victoria de la Luz”


25 Marzo 2017
CUARTO DOMINGO DE CUARESMA “La victoria de la Luz”

Tenemos delante un camino de discipulado de la luz. Jesús es el Maestro que nos quiere sacar de la ceguera permanente. Un ciego que ve y unos “supuestos ojos del pueblo” que están ciegos, y, sobre todo, una pedagogía de Jesús, que nos hace valer por nosotros mismos. Abrir los ojos, recuperar lo que es la libertad personal, lo tiene que hacer uno por sí mismo.

La Cuaresma es una llamada a la conversión, el pecado es la causa de nuestra ceguera espiritual. Vivamos “envueltas en la luz del misterio de la Inmaculada Concepción” (Decreto de promulgación de las Constituciones), pues el pecado nubla y ofusca nuestra mente, mancha nuestra afectividad, y debilita nuestra voluntad. Y así enfermamos como este ciego de nacimiento, que estaba tirado afuera del templo pidiendo limosna. Jesús exige acercarnos a Él con fe, gritar con confianza y obedecerle cuando nos manda bajar a bañarnos en la piscina de Siloé de la confesión. Este ciego, ya curado de la ceguera, tiene un proceso de visión impresionante: primero confiesa a Jesús como “ese hombre”; después lo reconoce como “profeta”; y finalmente, como “Dios”. Se abrió al don de la fe que Jesús le ofreció.

Contemplemos la victoria de la luz divina sobre las tinieblas del pecado por medio del símbolo de la enfermedad y de la ceguera (Evangelio). Sólo así, curados de la ceguera, viviremos como hijos de la luz y daremos frutos de luz: bondad, justicia, pureza, caridad y verdad (Segunda lectura). Sólo así conservaremos la unción de nuestro bautismo donde Dios nos hizo partícipes de su gracia y nos abrió los ojos a su Luz (Primera lectura).

Jesús presenta su misión salvífica como un dramático conflicto entre la luz y las tinieblas. Los hombres, muchas veces, prefieren las tinieblas a la luz, ya que sus obras son malas. Que Cristo nos cure de la ceguera espiritual, que nos impide ver las cosas desde Dios y como Dios. Sólo los fariseos de corazón seguirán ciegos, porque no quieren aceptar a Jesús. Creían ver, poseer el recto conocimiento de Dios; pero, en realidad, cierran los ojos a la luz, que es Cristo. En cambio, el ciego, imagen del hombre sencillo y recto, se abre a la fe, recuperando la vista y reconoce a Jesús como salvador. También nosotras, por “la humildad y la pobreza, seremos iluminadas por el Padre de las luces y perseveraremos hasta el final.” (R. 8)

Cada una de nosotras debemos acercarnos a Cristo Luz que quiere iluminar nuestra vida, nuestra alma, nuestros proyectos, personales y comunitarios. Cristo quiere curarme a mí y a ti... 

Es verdad, que no somos tan ciegos como pensamos y considerarse ciegos, es empezar a ver claro. Ni vemos tan claro para pensar que ya estamos salvados. No es un pecado ser ciego, lo que es pecado es no querer abrir los ojos, mirar para otro lado. Quitémonos el barro de los ojos y miremos más allá, de lo que normalmente estamos acostumbrados a ver. Recordar aquel viejo cuento, no seamos avestruces que esconden la cabeza, sino águilas que otean el horizonte.  

Este IV Domingo, o Domingo Laetare, es para recordarnos que siempre, detrás de toda penitencia está el deber de aborrecer el pecado, el propósito de no pecar más y de confesar los pecados, para así VIVIR EN GRACIA, que nos es otorgada por Dios en su infinita misericordia. “Evidenciemos el Evangelio a la luz del carisma de la Orden, favoreciendo el crecimiento en la pureza del cuerpo y del espíritu.” (CC. GG. 126, 2)

 

Para reflexionar: ¿Nos dejamos penetrar por la luz de Cristo? ¿Nos reconocemos ciegos de nacimiento por culpa del pecado o para que se manifiesten en nosotros las obras de Dios? ¿Qué frutos de luz estamos dando a nuestro alrededor? ¿Te dejas cegar por la luz de Dios e intuyes en tu corazón que fuiste creado para la luz?

Para rezar: Señor, cúrame de mi ceguera interior. Ponme el colirio de tu gracia para que pueda ver tu mano en todas las cosas y tu imagen en mis hermanos. Tú eres mi Luz, y en tu luz caminaré siempre. Quiero cantar con el salmo 26: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?”. Que María, Causa nostrae laetitiae, bajo cuya advocación la invocamos en este día, llene nuestro corazón de gozo espiritual, mientras nos acercamos a la celebración anual del Misterio Pascual, corazón del Año litúrgico. Amén.