SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA .TRANSFIGÚRANOS SEÑOR, TRANSFIGÚRANOS
El Tabor es una experiencia luminosa, espléndida; una manifestación de Dios en dicha y en gloria; una cercanía de Dios que conmociona y transfigura. Pero resulta que estas experiencias no son duraderas. Sería el cielo en la tierra. Pero las necesitamos tanto… La necesitaban los discípulos de Jesús para cuando llegara la noche, que sería bien cerrada.
La necesitaba el mismo Jesús, que tenía delante el problema de la muerte, nada fácil de entender ni de aceptar. Y las necesitamos nosotros, porque muchas veces se nos apaga la fe, y porque a veces nos pesa demasiado la vida. Necesitamos un anticipo de luz y de consuelo, aunque lo apaguemos después.
En la Transfiguración, lo importante no es espectáculo de luz y sonido, que puede maravillar, pero olvidarse. La transfiguración externa es poco cosa; lo importante es la transfiguración interior, la renovación íntima. A Jesús y a los discípulos les produjo un efecto profundo y falta les iba a hacer cuando llegara la noche oscura y cuando el silencio de Dios pesara como una losa. No dejarían de recordarlo en tiempos de crisis para la fe y la esperanza.
Para Jesús era necesaria esta experiencia de Tabor. No es que Él necesitara la fe, pero necesitaba el consuelo, la fuerza, el sentido de todo que cada vez se manifestaba más cercano. El tema de su muerte, ya próxima, turbaba a Jesús y le angustiaba. Por eso, esta experiencia de Tabor le hizo bien.
La Transfiguración es, sin duda, don de Dios. No se da por el hecho de subir a un monte, por alto que sea o por rezar mucho. Dios puede favorecer con una experiencia de luz y alegría en cualquier lugar y en cualquier momento de la vida. La montaña alta significa esfuerzo, elevación, limpieza, silencio. Significa distanciarse de las cosas, los problemas y también de las personas. Y supone también dejar la comodidad y el apego, no rehuir el esfuerzo y el riesgo que eso implica. Se nos puede colar eso de “¿por qué subir a la montaña si se está tan bien en el valle?”
Y la subida a esa montaña alta hay que ponerse en camino, sin saber exactamente hacia dónde, como Abrahán, nuestro padre en la fe. Hay que quedarse a la intemperie, hay que pedir luz y consejo, hay que orar, como hicieron los discípulos con Jesús en el Tabor. Una buena dosis de fe y confianza total en Dios es imprescindible para subir a la montaña. La fe nos hará todo distinto, transfigurado, es más, nos quedaremos transfigurados. Entenderemos el sentido de las cosas que suceden, incluso de esas que parece no pueden comprenderse; todo puede iluminarse. Es la transfiguración.
El Tabor, además de gracia, es el resultado del deseo, de la oración, del vaciamiento y la subida. Cuando nos purificamos del todo, brilla en nosotros la luz de Dios. Cuando nos ponemos en camino, brilla la estrella. Cuando nos esforzamos por superarnos, nos transcendemos y nos transfiguramos. Dios nos concede experiencia de Tabor: cuando ponemos nuestra voluntad en sus manos, cuando nos alimentamos de su Palabra, cuando lo buscamos de día y de noche, cuando lo encontramos en el sufrimiento, cuando le servimos en los hermanos, cuando compartimos el sufrimiento con el otro, cuando nos libramos de un apego, cuando nos gastamos por el otro con amor, cuando nos olvidamos de nuestro Tabor para que otros lo tengan… Entonces seguro habremos llegado al Tabor y escucharemos estas hermosas palabras: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto: escuchadlo.”



