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Esperando con María


22 Abril 2011

Conocía la noche de la fe, pero nunca creí que fuera tan profunda. NI una sola ventana con luz, solo creer, esperar, cerrar los ojos, entrar en la cuesta arriba. Sí, ayer, cuando la losa cayó tras de su cuerpo, nada de ángeles, nada de voces del Padre. Solo la noche y el sonar de los latigazos en los oídos y las carcajadas, y las blasfemias y las risas, el golpe final de la piedra cerrándose.


 ¡Qué lejos ahora lo de Belén y aún las pequeñas angustias de Nazaret cuando él se alejaba! Entonces ¿es esto ser aún madre? En la noche no hay nada. Solo la noche. Y la certeza de que el sol está al fondo y volverá mañana.


Pero, ¿Por qué se ha de salvar siempre con sangre? ¿Es que son tan hondos los pecados del hombre que sólo pueden borrarse con manos y frente desgarradas? No, no le hubierais reconocido ayer si le hubierais visto subir por la pendiente. Las madres sí; olemos a los hijos desde miles de kilómetros, porque no es verdad que salgan nunca de nosotras. Están fuera, caminan, lloran, triunfan, viven, pero no es verdad, siguen estando dentro. Ayer el calvario estaba mas en mi seno que en Jerusalén, clavaban dentro, martilleaban dentro.


Por eso no hubo nadie junto a él. Juan, Magdalena....todos estaban sin estar. Y hasta el Padre se fue y nos dejó solos.
Pero hubo algo más horrible todavía, algo que no he logrado entender, que acepto a ciegas, sólo porque él lo hizo: ¿Por qué no me miró?, ¿Porqué en los últimos minutos no se volvió hacia mí? Estábamos unidos, sí, pero los dos entramos solitarios en la muerte.

 

 Creédmelo: esperé hasta el último minuto su mirada. Y no me la dio. Vi doblarse su cabeza y supe que pensaba en quienes le habían abandonado: el Padre y los hombres. Fue entonces, y no cuando los martillazos, cuando yo di mi vida.
Después de muerto volvió a pertenecerme. Quitando sangre, espinas, barro, fui reconquistando su cuerpo, y, si cerraba los ojos, podía pensar que le estaba lavando otra vez como cuando era niño. Le hablé como entre sueños. Y me pareció como si me entendiera.
Ahora ha vuelto la calma. La calma nocturna, pero calma al cabo. Ya sólo queda esperar y ver la puerta que se abre y sus ojos que brillan. Me gustaría que viniera con las heridas. Serían un buen recuerdo de este segundo parto en que he dado a luz mucho más que la primera vez.

(Tomado de Internet)