Carta de la Hna. Presidenta en la Solemnidad de la Inmaculada
Hna María de la Cruz Alonso Paniagua, Presidenta
Queridas hermanas: En el principio del Adviento contemplamos la figura hermosa de María Inmaculada, ella pone color a nuestras actividades, sosiego en nuestro espíritu y amor en nuestras vidas. Ella viste de azul nuestro cielo monástico, evaporando el grisáceo del cansancio y la rutina de cada día.
Cuando llega la Inmaculada, a nuestra vida le da un no sé qué, de alegría interior, de calor fraterno, de ilusión por celebrar a nuestra Madre. Ella nos sonríe y nos anima por cualquier rincón de la casa.
Pero al mismo tiempo, a nosotras nos urge poner amor y generosidad al celebrarla. Sabemos muy bien que a todas las madres lo que más les gusta es que los hijas se parezcan a ellas, e incluso que las superen, en este caso nos va a ser un poco difícil, pero sí podemos tratar de acompasar nuestra forma de vivir a la de ella.
Hoy quería animaros a vivir el Silencio desde María, ese silencio habitado por el misterio Trinitario que en ella vive con absoluta libertad, el silencio que facilita la escucha de la palabra y hace guardar fielmente en el corazón los misterios de su Hijo.
María es la Virgen prudente que observa en silencio las necesidades de sus hermanos y los conduce a Jesús como único Salvador. A veces me da la impresión de que no valoramos el silencio como deberíamos, siendo uno de los medios más necesarios para profundizar en la oración, esa oración contemplativa que todas deseamos desde lo más profundo de nuestro ser. Cuando estamos en compañía de una persona que nos interesa, ponemos todo empeño en no perder ni una palabra suya. Queremos aprovechar el encuentro al máximo y nos estorba todo lo que viene a importunar ese encuentro.
Cuando estamos con el Señor de nuestra vida, nos ha de estorbar todo: El ruido exterior, el ruido de nuestra mente y el ruido de nuestro propio corazón. Hemos de aplicarnos a vivir estas tres dimensiones para sosegar el espíritu, para mantener durante el día la relación amorosa con Aquel que nos ha elegido para estar con él, y para que nuestras relaciones fraternas nos ayuden a ese fin.
María, posiblemente era parca en palabras, hablaría con las vecinas lo justo para ser sociable, atenta y servicial. Sin embargo sí que hablaría con José y con su Hijo de los textos que habían escuchado el sábado en la sinagoga y de los intereses del Padre.
Mujer sencilla, laboriosa y entregada a su misión, viviendo continuamente en el abandono más absoluto al querer de Dios. Su casa interior, su mente y su corazón no tenían ruidos provocados por mil y una situaciones que se presentaban cada jornada, sino que descansaba en el Señor y su alma permanecía serena en Dios su Salvador.
El abandono en Dios hace que nuestra imaginación, a veces llena de temores, de miedos, de heridas, de desconfianza, no deje pasarlos al corazón haciendo a éste esclavo de toda clase de resentimientos. María Inmaculada no tenía pecado pero tuvo que vivir de fe para afrontar y superar todo lo que su misión de Madre del Redentor supuso para ella. Este es nuestro camino si queremos tenerla a Ella como guía, modelo y Madre: vivir la fe a tope en cada una de las horas y los minutos de nuestra vida, para que así poco a poco nos hagamos “un solo espíritu con Cristo Esposo mediante el amor.”
La Fiesta de la Inmaculada en este principio del año litúrgico, ha de ayudarnos a pensar y a centrar nuestra vida en lo “único necesario” que son los valores de nuestra consagración al único Dios, sin miedo al despojo de nosotras mismas.
Que este año de la fe sea un buen medio para reafirmarnos en nuestro llamamiento y elección. Felicito a todas las hermanas que celebráis el santo y a todas las demás por ser depositarias de este hermoso carisma inmaculista.
Unidas en la oración junto con María, la Madre del Señor, recibid mi abrazo fraterno.
Mairena del aljarafe, 1 de diciembre de 2012
Hna María de la Cruz Alonso Paniagua
Presidenta


