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PARAGUAS PARA DOS


10 May 2013

 

El título de este sencillo escrito puede parecer un poco rebuscado.  Es posible, pero es que ya hay tantos títulos y tantos escritos religiosos, espirituales y otros…, que he recurrido a este, por si “pica” un poco la curiosidad.

Se trata de que, contemplando la vida de Jesús y María, su Madre, descubrimos el gran parecido que hay entre ambos. La deducción es muy sencilla: vivían los dos bajo un mismo paraguas. Un paraguas de calidad, de una marca excepcional, de una fábrica que sólo elabora lo mejor de lo mejor. La marca, por si alguien se puede sentir interesado en ella es: “Hacer la voluntad de Dios”. Sencillo, ¿verdad?  Pues, ánimo, la dirección no la sé, pero si el E-mail: “Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

La respuesta es la siguiente y nos la dan rápidamente y con pocas palabras: “Tómese tiempo en leer y profundizar el Santo Evangelio” y punto. Bueno, esta fue la que me dieron a mí. Desde que sigo ese consejo, la vida me va mucho mejor. No soy más rica, ni más guapa, ni más inteligente; no se me han quitado los achaques, ni los problemas, dificultades y otros avatares de la vida (. Pero sí, estoy convencida de que las cosas se ven de otro “color y sabor”.

María, comienza a ponerse, de manera oficial, bajo ese paraguas allá en la Anunciación, cuando, temblando de incertidumbre, asumiendo el riesgo, pero con una inmensa ilusión le dice a Dios: SI QUIERO, HÁGASE EN MÍ LO QUE A TI TE AGRADA.

A partir de ese momento, ya lloviera y llegara el agua hasta el cuello, tronará, con tempestad o tormenta; con un sol radiante de primavera, en días de claridad diáfana o en días de nublado; comprendiendo o sin comprender. María intentó caminar siempre en fe fuerte, pero desnuda. Eso sí, lo vivía todo bajo ese magnífico, sereno y consolador paraguas. “Hágase, Padre”…

Porque intentó y consiguió vivir haciendo lo que a Dios le agrada, aceptó las dudas de José sobre ella y la realidad que estaba viviendo. ¡Cómo le dolería a María ver sufrir a José! Sin embargo sufre, calla y ora por él. Y bajo ese mismo paraguas, el corazón le da vueltas y vueltas de alegría cuando ve que José vuelve y le ofrece su total confianza y acepta en fe,  lo que en Ella está sucediendo, aunque del todo él no lo entienda.

María, ve como un imperativo y necesidad que le transmite el vivir bajo ese paraguas, el servicio amoroso, alegre, presto y así se va a casa de su prima Isabel. Era tanta su alegría que entonó su cántico de alabanza, amor y agradecimiento a Dios que la había agraciado tanto; porque a Él le es grato cuidar de los pobres, ensalzar a los humildes y derramar su amor paternal en todos los que sufren y esperan en su misericordia.

Podemos imaginar a María el día que experimentó la pérdida de Jesús. Con qué angustia le buscó, hasta que, ya muy cansada, lo encuentra en el Templo. Con fe aceptó el desconcierto que le produjo la respuesta de Jesús: “¿Por qué me buscabais, no sabías que yo tenía que estar en las cosas de mi Padre.” A cualquiera de nosotros nos faltaría tiempo para reprocharle, por lo menos, con todo respeto: “Si, claro, pero eso se avisa. No veas lo que hemos sufrido tu padre y yo”. Pero no, María calla y guarda todo en su corazón, sobre todo lo que más le cuesta comprender.

Jesús, como hombre, aprendió mucho de su Madre. De su mano experta y decidida, Él comienza su vida pública, no exenta de dificultades, incomprensiones, sinsabores incluso de los “más cercanos”. Juntos, Hijo y Madre, desde Belén, Nazaret, Caná, Jerusalén…Calvario viven todos los acontecimientos “bajo un mismo paraguas”.  Las manos de Dios eran su cobijo, roca, fortaleza, luz, salvación y palanca segura para llegar a la plenitud humana.

Ellos nos han abierto el camino. Con humildad les pedimos que nos ayuden a vivir con paz y alegría bajo la cálida y suave sombra del paraguas de Dios. Es un paraguas que no oprime, al contrario, libera, no crea egoísmo, sino amor y servicio; bajo su amparo acogemos con paz las dificultades y nos alegramos porque Él en nuestro Dios, el Grande el eternamente misericordioso.

Una recomendación: no olvidemos nunca la marca de ese paraguas: “Hágase en mí, según tu Palabra”