El amor no pasa nunca
Carta de S. Pablo a los corintios capítulo 13, 1-10
Concretamente, el domingo pasado se leía en la Liturgia de la Palabra en la Eucaristía
el pasaje de San Pablo a los Corintios. Intentaré compartir con ustedes lo que para mí significan algunas expresiones de ese tan famoso capítulo 13.
Queridos Hermanos y Hermanas:
Aunque yo dominará todas las lenguas del mundo y de los ángeles; tuviera el don de conocer el futuro; pudiera descubrir misterios y supiera toda la ciencia habida y por haber…si no tengo caridad, no soy nada. Esto, si lo traducimos al lenguaje de hoy, podríamos decir: Aunque yo fuera la persona más famosa del mundo, rica, poderosa, guapa, atrayente, inteligente, sabia y que por todo eso y mucho más, tuviera millones y millones de fans…si no tengo amor… no soy nada. Bueno, sí, seré como una campana que hace ruido, címbalo que retiñe, seré alguien que me llevaré a los demás de calle, pero que en el fondo de mi corazón viviré un gran vacío, que sólo lo podrá llenar esa droga tan valiosa llamada: vivencia de la caridad más pura y entregada.
Añade más S. Pablo: Aunque yo tuviera una fe tan grande para poder decir a esa montaña pásate al otro lado; aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas…, pues bien, de estos actos heroicos y grandes que yo haga, otros se aprovecharán, pero yo…si no tengo amor… de nada me aprovechan. La traducción es fácil, si el motor de las vivencias diarias de mi vida no es el amor, si no intento calentar mi caridad cada día en el encuentro con el Señor, sino que hago muchas y grandes cosas, pero desde la superficialidad, como un robot, a quien dan cuerda por la mañana y hace y hace cosas por los demás, sin experimentar dentro de sí hacia Dios y hacia los demás, el calor y la ternura que deja el hacerlo todo por amor… seguiré sintiendo el vacío y buscaré más y más hazañas que hacer para huir de mi profunda soledad. Soledad que sólo la puede llenar el amor, la caridad, Dios.
La caridad es paciente, es servicial.
La paciencia una palabra compuesta de: paz y ciencia. No cabe duda, una persona que acepta al otro o a la otra con paciencia está creando el talante y ambiente adecuado para la armonía, la paz y la amistad. Lo mismo se puede decir del servicio. Quien sirve no se rebaja ante nadie, al contrario crece y madura su amor en entrega de gratuidad, pues el servicio, si no es gratuito, no es servicio de amor. Pero ¡cuidado! No nos convirtamos en servidores convulsivos. Hay quienes quieren servir siempre, a todos, en todo, estar en todas partes. ¡No! Seamos servidores, los primeros, pero respetemos la capacidad de servicio de los demás. Dejemos crecer y madurar en ellos esa cualidad. No avasallemos el deseo de servicio de los demás.
Por supuesto, servidores del otro y de la otra siempre, pero en todo aquello que nos sirva para crecer y madurar como personas y, si es posible, para acercarnos más a Dios, nunca para alejarnos de Él. No creamos que amar es complacer siempre el capricho de los demás. Hemos de tender a un equilibrio que distinga capricho de necesidad, lo urgente de lo que puede esperar…etc.
La paciencia y el servicio son a la caridad lo que el perfume a una rosa. Una rosa sin perfume, no es verdadera ni auténtica. Una caridad sin paciencia y servicio no es verdadera ni auténtica caridad. Es flor sin perfume.
La caridad no es envidiosa, no se engríe y es decorosa.
La envida, es como esa carcoma o bicho que se mete en nuestros muebles y, si no actuamos a tiempo, los devora totalmente. La envidia es muy dolorosa, sobre todo, para quien la lleva dentro, pues no le deja vivir en paz, le duele y fastidia el éxito de los demás. El bicho de la envidia a quien primero destruye es al que la deja crecer dentro de si mismo. Cuando sintamos el pinchazo de ese bicho que se llama envidia, no le demos paso, pues con la envidia nos haremos mucho daño y se lo hacemos a los demás. Destierra lo más lejos de ti la envidia y aléjate de los y las envidiosas. Contrarresta tu inclinación a la envidia, alabando los éxitos y buenas cualidades de otras personas sean amigos o no; ayuda a otros a crecer y a compartir todo lo bueno que llevan dentro: capacidades, cualidades etc. Aunque ello suponga que tú puedas quedar en un segundo plano, ¡no importa! el mejor primer plano es poder llegar a la caridad como donación total.
La persona que vive en la caridad, no se engríe, no se deja llevar de la soberbia por las cosas buenas que tiene, pues sabe que todo lo hemos recibido de Dios. Tampoco se deja llevar de la vanidad en lo que hace, pues sabe, o debe saber, que es Dios quien la mueve a vivir en la verdad, en lo bueno y en lo bello. Desde nosotros, somos capaces de vivir en lo peor, pero es guiado por el Espíritu de Dios, desde dónde podemos vivir el verdadero amor, la verdadera caridad.
El amor es decoroso lo podemos traducir por: es respetuoso, delicado, cuida sus palabras y modales, no se mete en la vida de nadie, si no es para ayudar, tender una mano y hacer crecer y madurar al otro o la otra.
No busca su interés
Hoy, como ayer, mucha gente se mueve por el interés que le proporcione el hacer algo por los demás. Es cierto que existe mucha gente que hace el bien y otros que se mueven por altruismo, pero nos duele y hasta nos lamentamos haber hecho lo bueno, cuando ni si siquiera nos dan un reconocimiento. La búsqueda del propio interés es uno de los móviles por el cual mucha gente se agita y hasta pierde los nervios. El amor verdadero no busca su propio interés, sino el ajeno. Hay que reconocer que esto no es fácil de vivirlo, pero no imposible. Otros y otras lo han vivido: Jesús de Nazaret el primero, luego hay una larguísima lista de discípulos que le han seguido hasta las últimas consecuencias y…sólo por amor, todo por amor y siempre con amor.
No se irrita,
Para no irritarnos, necesitamos mucha paciencia con nosotros mismos, con nuestros padres, hermanos y amigos. ¡Y qué fácilmente nos irritamos! Simplemente porque no ha salido el sol, porque está lloviendo o porque alguien ha cambiado de lugar algo que a mi parece mejor que esté dónde estaba. Esta es la irritación más suave, la peor es cuando nos irritamos con quien no piensa como nosotros, y peor aún hasta llegamos al insulto. O nos irritamos con el sordo que no nos oye a la primera, o con el anciano que nos impide continuar nuestro caminar ligero. ¡Cuántas ocasiones, a lo largo del día, para irritarnos! O mejor ¡¡¡cuántas oportunidades nos brinda el Señor para practicar una fina y atenta caridad!!!
No toma en cuenta el mal
Ya podríamos terminar, pero aún queda más. Este trozo de la Biblia lo tendríamos que leer, reflexionar y orar todos los días y no acabaríamos nunca.
No guardemos rencor a nadie, ni por nada. El rencor, al que más daño hace es a quien lo padece. Los demás pueden vivir y ser felices ajenos a nuestro padecimiento rencoroso, pero el rencoroso arrastra una mochila tan cargada que, más pronto o más tarde, se le volverá insoportable.
Todos cometemos errores, metemos la pata y hacemos daño a los demás; por lo tanto, no llevemos cuenta del mal, no le hagamos nido en nuestro corazón al rencor. Intentemos, sí, vivir construyendo un nido al amor, al perdón, la ternura, la fraternidad. Vivir olvidando y perdonando el mal que nos hacen es la mejor manera de aligerarnos del duro y amargo peso del rencor.
No se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad
La injusticia la tenemos muy cerca, dentro de nosotros, no le demos hueco en nuestro corazón.
Alegrémonos siempre con la verdad. Con la verdad de nuestra propia vida y con la verdad que habita en el corazón de nuestros hermanos y hermanas. Vivir en la mentira crea inquietud y desasosiego, pues tendremos que estar vigilando para que nadie nos descubra. En cambio a quien vive en la verdad, le acompañará una existencia de paz y serenidad. Digamos la verdad, aunque nos acarreemos disgustos y hasta enemistades, pero evitemos la mentira que más pronto o más tarde nos traerá mayores disgustos y mayores enemistades, y sobre todo, ser mentiroso y mentirosa nos hará vivir en un gran vació interior. La verdad provoca alegría, la mentira tristeza. Donde está la verdad está el Bien, todo Bien, sumo Bien; dónde esta la mentira está el mal y la falta de paz.
El amor todo lo excusa. Todo lo soporta. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta
Después de escuchar esto, bien podríamos decirle a S. Pablo: ¡Chico, te has pasado!
¡Pero, no! El que ama vive una felicidad tan grande y tan fuerte que es capaz de vivir todo eso. En ese Cristo crucificado tenemos el gran modelo. Millones, a lo largo de la historia, le han seguido y le siguen.
Eso sí, hay situaciones que son insostenibles, ustedes las conocen mejor que yo. La violencia que existe hoy en la sociedad y en las parejas, física y verbal es intolerable. Por eso, vamos a intentar actuar siempre sin ningún tipo de violencia. Buscando crear en nuestro entorno familiar, social, religioso, un ambiente de amistad, de compañerismo sincero y solidario. Amistad que no dice a éste sí y a éste no, sino que, dentro de una escala de diversos grados de amistad, todos tienen cabida en nuestras relaciones interpersonales. Cuanto más amemos, cuantos más amigos y amigas tengamos, más se ensanchará, crecerá y madurará la felicidad de nuestro corazón. No excluyas a nadie de la onda expansiva de tu amistad. Sé como aquel que decía en su canción: “Yo quiero tener un millón de amigos”. No te digo un millón; yo te animo a que consideres amigo a todo hombre y mujer que habita en este planeta que se llama tierra. Cuando se ama a todos, la vida se llena de armonía.
Ama siempre, espera siempre, pero a la hora de escoger esas AMISTADES que van a formar más íntimamente parte de tu vida, esas que van a ocupar un lugar más profundo en tu corazón, elige o acércate a los y las que destaquen por su lealtad, fidelidad, sinceridad y respeto. No te aferres caprichosamente a una “pseudo amistad” que te pueda hacer daño físico, moral o espiritualmente. Por nuestra parte, cuidemos en nosotros esas hermosas cualidades de la verdadera AMISTAD.
La amistad si no nos libera, nos oprime. La amistad si no nos hace más personas, nos degrada. La amistad si no nos hace crecer y madurar como personas, nos empequeñece, nos mantiene en la dependencia estéril y raquítica. La amistad que no es verdadera no merece ese nombre y no dará jamás plenitud a nuestra vida.
La fe, la esperanza, la profecía, el conocimiento, la ciencia, la sabiduría, la belleza…todo desaparecerá, solo el amor permanecerá eternamente.
Muchos hombres y mujeres no lo entienden, no lo aceptan, y es posible que entre vosotros haya quien no esté tampoco de acuerdo conmigo, pero para mí, Dios en la persona de Jesucristo es el gran amigo del hombre y la mujer de hoy. No necesito cansarles más. Solamente me permito darles un humilde consejo: Cada día, o al menos una vez a la semana, durante 15 minutos, lean un pasaje del Nuevo Testamente, reflexionen y oren hablando con Jesús sobre ese pasaje. Te lo aseguro, tu vida, aún en medio de las tinieblas, se volverá luz y alegría.
“No tengas miedo de abrirle las puertas de tu corazón a Cristo el Señor.” Como dijo nuestro compatriota S. Juan de la Cruz:”Al atardecer de nuestra vida, nos examinarán del amor”.
¿Qué estamos haciendo con el don del amor y la semilla de amistad que Dios ha puesto en nuestro corazón?
Quiero terminar con un párrafo también de nuestro amigo S. Pablo en otra de sus cartas, esta vez a los romanos, que dice así: “A nadie le debáis más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso AMAR es cumplir la ley entera”.


