Carta del Hno. Asistente en la Solemnidad de la Inmaculada
A LA ATENCIÓN DE LA MADRE PRESIDENTA Y DE LAS HERMANAS

DE LA FEDERACIÓN BÉTICA, SANTA MARÍA DE GUADALUPE,
DE LA ORDEN DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN.
Fr. Joaquín Domínguez Serna, OFM, Asistente
Muy queridas hermanas: Paz y Bien en el Señor y en su Madre Inmaculada.
Justo en estos días previos a la Novena de la Inmaculada, el Papa y todos los católicos hemos clausurado el Año de la Fe. Hemos tenido muchas ocasiones de proseguir un itinerario eclesial y también fraterno o monástico con el fin de profundizar en la virtud teologal de la fe, en su existencia y en sus exigencias, y seguramente en el significado que comporta reconocer el don que Dios hace a cada uno de nosotros concediéndonosla, pero también con aquella solicitud del verdadero creyente: creo, Señor, pero ayuda mi incredulidad (Mc 9, 24).
Nos disponemos, además, a empezar el tiempo de Adviento y recibirlo, como siempre, con unos días dedicados en exclusiva a la Inmaculada Virgen María. Cada Monasterio en este tiempo debe convertirse en espacio privilegiado para la honra, alabanza y celebración del Misterio de Dios en la humilde sierva de Nazaret, por la cual llegó al mundo la luz que necesitaba.
Adviento es celebrar el “Sí” de Dios
Los textos de la Escritura durante Adviento y Navidad aunque prioritariamente aluden y describen la primera venida del Mesías, nos alertan especialmente en el retorno del Señor y en el cumplimiento de la aspiración del pueblo de Dios, que espera la plena manifestación de lo que seremos, que es esa comunión de amor al que todo ser creyente aspira y que no se nos dará plenamente durante esta travesía de vida sino que sólo se nos da en promesa, y desde ella nos abrimos a la realidad futura y eterna.
A través de los profetas Dios no solo anuncia el tiempo nuevo y la nueva economía. La belleza con que describen la venida del Mesías nos volverá a confirmar que la adhesión a la Palabra, la espera en la Palabra y el cumplimiento de que la Palabra se hace carne será para nosotros motivo de admiración, de vinculación y de contemplación.La Palabra se hace carne es la contundencia de Dios hacia la humanidad. Ya no es un rumor ni un balbuceo ni un mensaje que descifrar; el mensaje ahora no se contiene en la sola Palabra sino en la Carne, la cual es cumplimiento de la Palabra.
En este itinerario la elección de María nos confirma hasta el extremo la belleza de Dios en su designio. María, sin mancha y en enemistad con el pecado, es el “Sí” de Dios que ha decidido abrirse paso en una humanidad que gira sobre sí misma y no puede romper por sí misma la espiral de la tiniebla, la limitación y el mal que procede de la enemistad con Dios.
Los textos de Adviento nos confirman en el “Sí” de Dios. La celebración de la Concepción Inmaculada de María es afirmar el “Sí” de Dios. Esperar contra toda esperanza, pero con alegría y paz, es esperar el “Sí” de Dios en este tiempo presente porque la promesa del Señor se cumple y se cumplirá.
El “Sí” de María
En María contemplamos a quien mejor ha conocido y amado al Señor. El Evangelio nos muestra la actitud fundamental con la cual María ha expresado su plenitud de amor: hacer la voluntad de Dios, “pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre”, dice el Señor (Mt 12, 50). En estas palabras encontramos un mensaje clarividente y definitivo: la voluntad de Dios es la ley suprema que establece la verdadera pertenencia a Dios. María instaura un vínculo de parentesco con Jesús incluso antes de darlo a luz: se convierte en discípula y madre en el momento en que acoge las palabras del Ángel: “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Esté “hágase” no es sólo aceptación, sino apertura confiada al futuro. Este “hágase” es esperanza, ha dicho el Papa Francisco a las monjas contemplativas camaldulenses.
María es la Madre de la esperanza, el icono más expresivo de la esperanza cristiana. Toda su vida es un conjunto de actitudes de esperanza comenzando por el Sí en el momento de la Anunciación. María no sabía con exactitud como poder llegar a ser madre, pero se confía totalmente al misterio que iba a cumplirse, y así se convierte en la mujer de la espera y en mujer de esperanza. Después la vemos en Belén... y la vemos frente a numerosas dificultades y sorpresas que provienen del proyecto de Dios: su esperanza no vacila jamás. Es mujer de esperanza. Esto nos dice que la esperanza se nutre de escucha, de contemplación y de paciencia para que los tiempos del Señor maduren... Como en el Calvario, a los pies de la Cruz, María es mujer del dolor pero al mismo tiempo ella se convierte en vigilante espera de un misterio por encima del dolor que debe cumplirse. Todo parecía acabado; toda esperanza parecía definitivamente apagada. Incluso Ella en aquel momento, recordando las promesas de la Anunciación, podría haber dicho: no se han cumplido, he sido engañada. Pero no la dicho. Ella, dichosa porque ha creído, vislumbra desde su fe el nuevo futuro y espera con esperanza el mañana de Dios.
Debemos preguntarnos, dice el Papa: ¿nosotros sabemos esperar el mañana de Dios? ¿o sólo queremos el hoy? El mañana de Dios es para María el alba de la mañana de Pascua. Nos hará bien pensar, en clima de contemplación, en el abrazo del Hijo con la Madre. La lámpara encendida en el sepulcro de Jesús es la esperanza de la Madre, que en aquel momento es la esperanza de toda la humanidad. Me pregunto y pregunta -continúa el Papa- en los monasterios: ¿sigue encendida esta lámpara? En los monasterios: ¿se espera el mañana de Dios? María, madre de esperanza, nos sostiene en los momentos de oscuridad, de dificultad, de desencuentro, de aparente fracaso y de ver numerosos fracasos humanos. Que María, esperanza nuestra, nos ayude a hacer de nuestra vida una ofrenda agradable al Padre celeste, y un don glorioso para nuestros hermanos, una actitud que mira siempre confiada al mañana, concluye el Papa Francisco a las camaldulenses.
El “sí” de cada hermana concepcionista
Se ha terminado el Año de la fe, pero sigue en pie el Evangelio, queda el seguimiento, nunca se termina la caridad en todas sus formas. A pesar de los condicionantes y de las limitaciones que hoy podamos vivir (ancianidad, falta de jóvenes, enfermedades, inseguridad ante el futuro, otras limitaciones...) el camino aún no ha terminado y no está en nuestras manos su determinación. Cuando decimos coloquialmente que estamos en las manos de Dios y que nuestro futuro está en Dios estamos afirmando más de lo que muchas veces pensamos. Su pensamiento y su plan siempre despuntan por otras lindes o latitudes diferentes a las nuestras. Este tiempo es un buen momento para ejercitar la confianza sin apoyarnos en nuestras propias fuerzas y en nuestras propias seguridades. Ni los más fuertes pueden estar seguros, ni los más débiles piensen que están en franco desfavor. El designio de Dios es siempre soberano. Su primado ha de prevalecer por encima de nuestro criterio y de nuestras expectativas. Por eso siempre nos queda el “Sí”, el “Sí” de Dios, el “Sí” de María, nuestro propio “Sí”.
Desde Beatriz hasta la última hermana concepcionista esta familia monástica ha bebido del manantial inagotable del misterio de María. Ella responde en existencia humilde y en actitud permanente de fe, al amor infinito de Dios con su Fiat. Ella, estrechamente unida a Jesucristo, por el misterio de su Concepción Inmaculada, fue predestinada desde toda la eternidad para ser la Madre del Dios. La Inmaculada Concepción es, sin duda, el misterio que anuncia la existencia y el significado de María. Ella sigue los pasos de su Hijo Jesucristo a través de la escucha fiel de su palabra y en razón de los derechos maternos junto a la Cruz se convierte en camino de seguimiento. Ella, hecha tálamo celeste y singular del rey eterno, contempla silenciosa los misterios de su Hijo, conservando todas las cosas en su corazón. Ella, haciéndose esclava del Señor, proclama la soberanía absoluta de Dios en este mundo y hace presente el cielo nuevo y la tierra nueva.
Cada hermana concepcionista ha sido llamada a este divino camino para seguir al Señor y a su Madre bendita en el servicio al Reino como hostia viva en cuerpo y alma. Cada hermana concepcionista con su propia consagración prolonga el servicio, la contemplación y la celebración del misterio de María y lo hace realidad mediante la vivencia de sus actitudes en el seguimiento de Cristo. Cada hermana concepcionista no puede renunciar a convertirse en acogida generosa de las iniciativas del Padre. Cada hermana concepcionista encuentra el camino de plenitud mediante el silencio que propicia la escucha de la Palabra, a través del acatamiento a los planes de Dios, y en las incidencias de la vida cotidiana así como en la entrega generosa de la capacidad de amar (Constituciones 8-15).
Hermanas, queda siempre por vivir el cada día con su propia tarea y desear ardientemente el mañana de Dios que es armonía, belleza, triunfo... como el que experimenta la Bienaventurada Virgen María.
Pido para cada hermana la bendición de Dios. Feliz día de la Inmaculada.
1 de diciembre de 2013


