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Carta del M. General OFM en el día de Sta. Beatriz


16 Agosto 2013

“En existencia humilde

y en actitud permanente de fe” (CC.GG. 10)

Paz y Bien, queridas Hermanas Concepcionistas.

En la fiesta de Santa Beatriz de Silva deseo compartir con vosotras el gozo de esta celebración y expresaros mi cercanía de hermano en el Señor, en María Inmaculada y en nuestro padre San Francisco.El recuerdo de Santa Beatriz nos invita a todos a caminar  con fidelidad y firmeza en la fe, buscando adherirnos cada vez con más fuerza a nuestro Esposo y Redentor Jesucristo. Que de cada uno de nosotros se pueda decir, como de Santa Beatriz: “Dios estuvo siempre en su mente y dirigía su vida” (Positio).

En este Año de la fe os invito a contemplar a Santa Beatriz de Silva como mujer de fe, que va madurando en el corazón su entrega a Dios, su amor a Jesucristo, su dejarse moldear por el Espíritu del Señor, durante largos años de vida oculta y callada. Ella aprende la fe de manera peculiar de María Inmaculada, la madre en la fe. De ella aprende a “responder al amor infinito de Dios con su Fiat” (CCGG 10), a “contemplar silenciosa los misterios de su Hijo, conservando todas las cosas en su corazón” y a seguir a “Cristo por la escucha fiel de su palabra (CCGG 12.14). De María aprende Santa Beatriz a ser “plasmada y hecha nueva criatura por el Espíritu Santo” (CCGG 8), y poder así vivir en comunión esponsal con el Señor Jesucristo. Santa Beatriz de Silva vivió su fe honrando el misterio de la Inmaculada Concepción de María: contemplando en María Inmaculada el Amor del Padre, la Vida del Hijo, la Fuerza del Espíritu.

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Pero, sin duda, em sus largos años de vida oculta y callada, Santa Beatriz aprendió de María también a vivir la fe “en existencia humilde”, en las sencillas tareas cotidianas de la vida, en el amor y la entrega fiel de cada día. “En existencia humilde y en actitud permanente de fe, María responde al amor infinito de Dios con su Fiat” (CCGG 10). La vida de Maríase realizó en “existencia humilde”, en días corrientes, en relaciones normales… pero en actitud de fe amorosa y confiada. Nos puede ayudar el retomar estas palabras de vuestras Constituciones sobre María y su fe.

 

 

“Existencia humilde” es la mayor parte de nuestra vida. Pero “existencia humilde” indica también algo muy peculiar de nuestra forma de vida. “Existencia humilde” nos recuerda nuestra vocación de minoridad, donde María es siempre el modelo y laMadre de la que aprendemos.

Cuando miramos a María descubrimos que la

“existencia humilde” no es ningún obstáculo, sino,

al contrario, es lugar privilegiado para vivir la fe.

María desde su pequeñez nos recuerda que son

los pequeños, los humildes, los sencillos de corazón…,

quienes saben confiar, buscar apoyo, abandonarse,

agradecer, bendecir…

 

Fe celebrada

y alimentada en la oración

Estamos llamados a vivir la fe con humildad

en la sencillez de cada día. De Santa Beatriz se nos

dice que “su fe se mostraba especialmente en los

ejercicios diarios de piedad. Vivía siempre en espíritu

de oración, y pensaba sin interrupción con

toda su alma en Dios y en Jesucristo crucificado”

(Positio). Vuestros monasterios están llamados a

ser lugares donde la fe se celebre y se alimente en

el espíritu de oración, en el permanecer fielmente

ante el Señor y con el Señor.

Habrá momentos en los que el diario permanecer

en la oración sea gozoso y ligero; habrá otros

momentos en los que será difícil y los tendremos

que vivir como súplica y búsqueda. Entonces podemos

mirar a María que también tuvo que buscar

a Jesús, ponerse en camino y desandar lo andado,

volver a Jerusalén. María aprendió así a vivir su fe

también en búsqueda, en días gozosos y días de angustia

(“Te hemos buscado angustiados”, Lc 2,48),

pero siempre abierta al “espíritu del Señor y su santa

operación con pureza de corazón” (R 30).

En vuestra vida, como en la de Santa Beatriz,

existen también “ejercicios diarios de piedad”,

tiempos fuertes de oración litúrgica y personal,

que mantienen vuestra fe y vuestra vida contemplativa.

Pero debemos estar atentos a que en ellos

no se pierda la entrega, la búsqueda, la pasión por

el Señor, y entre el cansancio, la mala rutina.

Al anunciar el Año de la fe Benedicto XVI nos

pedía que fuese una “ocasión propicia para intensificar

la celebración de la fe en la liturgia, y de modo

particular en la Eucaristía” (PdF 9). Nuestros tiempos

diarios de oración serán apoyo firme de nuestra

fe si en ellos “descubrimos de nuevo el gusto de

alimentarnos con la Palabra de Dios” (PdF 3), que

nos lleve al encuentro hondo y vivo con el Señor.

Que esos momentos diarios de oración fundamenten

vuestras vidas porque en ellos, como María,

dais vuestro Fiat a Dios.

 

Fe celebrada

y compartida en el amor

A la “existencia humilde” pertenecen también

nuestras relaciones, nuestros encuentros diarios,

especialmente con las hermanas en la vida de comunidad.

Llamadas a vivir vuestra vida contemplativa

en comunidad conocéis el don de las hermanas;

y conocéis también la silenciosa entrega,

los gestos sencillos de amor, el servicio hecho en

la gratuidad. La fe se celebra, se purifica, se acrece

y se testimonia en el amor, de manera que todos

estos encuentros y relaciones con las hermanas

están llamados a ser tiempos y lugares de fe compartida

y encarnada. Recordamos cómo para Santa

Beatriz de Silva la fe era amor de Dios creído y

acogido; amor entregado a Dios y a los hombres.

De pequeña aprendió “que la vida cristiana se encuentra

realmente en el amor de Dios”. Y, “amando

a Dios… ejercitaba también el amor al prójimo”

(Positio).

También en esto vuestra madre y modelo es María

Inmaculada, como lo fue para Santa Beatriz. “En

actitud permanente de fe, María responde al amor

infinito de Dios… convirtiéndose en cauce de salvación para todo el género humano”(CCGG10). Ella vive la fe en el amor. La visitación a suprima Isabel une el llevar en su seno al Hijo de Dios y el

amor encarnado en un acto humilde de servicio y

ayuda. Aquel encuentro fue entonces una celebración

de fe compartida, una celebración de la presencia

de Dios y de su salvación.

En su Carta apostólica La puerta de la fe, Benedicto

XVI nos decía: “El Año de la fe será también

una buena oportunidad para intensificar el testimonio

de la caridad […] La fe sin la caridad no da

fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente

a merced de la duda. La fe y el amor

se necesitan mutuamente […] Es la fe la que nos

permite reconocer a Cristo” (PdF 14).

Vuestra vida de comunidad tiene también la

promesa de la presencia de Jesucristo, de poder

convertirse en lugar del encuentro con Él. Quizá

en la vida comunitaria nos toca ahora palpar más

la pobreza, la “existencia humilde”, por reducción

de número y de fuerzas. Son situaciones que nos

piden confianza y compromiso, fe laboriosa y trabajo

confiado. Somos conscientes de que “es la fe

la que nos permite reconocer a Cristo” y, por tanto,

es la fe la que nos sitúa en la perspectiva adecuada.

Si somos comunidades que nos ayudamos en la fe,

si os sentís unidas como hermanas que han sido

inspiradas y llamadas a vivir la misma vocación de

desposadas con Jesucristo, celebrando el misterio

de María Inmaculada, entonces tendréis posibilidades

inmensas de reconocer a Cristo presente en

medio de vosotras.

“La fe y el amor se necesitan mutuamente”.

Vuestra fe necesita del amor. Sabéis cuánto debe

vuestra fe a las hermanas, a su ejemplo, a su fidelidad,

a su amor, a su presencia acogedora, a su paciencia,

a su bondad y compasión… Sabéis cuánto

debe vuestra fe a muchas hermanas que en “existencia

humilde” estaban sosteniéndoos en muchos

momentos. Tenemos mucho que agradecer a los

hermanos y hermanas que nos acompañan así en

la fe. Y, a la vez, queremos crecer en esta conciencia

de ser comunidades llamadas a compartir la fe

y a celebrarla en el amor. La fe es creer en el amor

y responder al amor de Dios, y hacerlo de manera

concreta y encarnada, gozosa y gratuita. Quien da

la vida por los demás, por las hermanas, no la pierde,

sino que la reencuentra esponsalmente abrazada

a quien es la Vida, el Señor Jesucristo.

 

Fe celebrada

y fortalecida en el testimonio

Toda fe, como todo seguimiento a Jesucristo,

está llamada a ser misionera. Vuestra vida de fe y

de seguimiento de Cristo, viviendo las actitudes de

María, conlleva también ser “prolongación activa

de la acción divina en la historia de la Salvación y de

la Iglesia” (CCGG 11). María por su fe se convirtió

en “cauce de salvación para todo el género humano”

(CCGG 10), de manera especial por el misterio de

la encarnación del Hijo de Dios, pero también por

compartir continuamente la vida y los misterios de

Jesucristo, desde su nacimiento hasta su muerte y

resurrección. La Virgen María es así nuestra Madre

en la fe, mostrándonos al Señor Jesús e invitándonos

a hacer lo que Él nos diga.

Desde vuestra fe tenéis la misión de mostrarnos

al Señor y con vuestra vida invitarnos a seguirle,

a ser plenamente para Él fiándonos de su palabra.

También aquí “en existencia humilde”, a ejemplo de

María. Ella fue anunciadora de Jesucristo principalmente

por llevarlo en sus entrañas y en su corazón;

por acompañar y sostener con su fe viva y orante a

los apóstoles. La misión de María no se centró en

la predicación con la palabra, aunque también su

palabra sería palabra cargada de Jesucristo. Su misión

se centró más en su ser Madre, en estar llena

de Jesucristo, habitada plenamente por el Espíritu

de Dios, siendo así “cauce de salvación”, trasmisora

de la gracia que la desbordaba.

Con vuestra vida orante y contemplativa, teniendo

carismáticamente a María Inmaculada como camino

de seguimiento (cf. CCGG 12), estáis llamadas

a acompañar y sostener con vuestra fe la fe de la

Iglesia. En “existencia humilde”, en presencias que,

mediante la acogida amorosa, la palabra compasiva,

la escucha comprensiva…, van siendo transparencia

del Señor y cauce de su salvación. La “existencia

humilde” es la que mejor deja transparentar y vislumbrar

el misterio que la sostiene y vivifica. Si os

convertís en testigos vivos de la belleza de vuestro

Esposo Jesucristo, vuestra fe se verá fortalecida y

acrecentada.

Termino recogiendo de nuevo palabras de la

Carta La puerta de la fe: «Durante este tiempo [el

Año de la fe], tendremos la mirada fija en Jesucristo,

“que inició y completa nuestra fe”: en él encuentra

su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón

humano». El Señor Jesucristo os acompañe y

lleve a cumplimiento vuestra fe.

 

 

Roma, 15 de julio de 2013

Fiesta de San Buenaventura,

Doctor de la Iglesia

Prot. 104016 www.ofm.org

Fr. Michael A. Perry, ofm

Ministro general OFM