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Carta del Hno. Asistente en la solemnidad de Sta. Beatriz


13 Agosto 2013

 

A la atención de la Madre Presidenta y Hermanas de la Federación Bética Santa Maria de Guadalupe de la Orden de la Inmaculada Concepción

Mis queridas hermanas: Paz y bien en el Señor y en su Madre Inmaculada.

Como cada año quiero aparecer en medio de vosotras con el sólo propósito de felicitaros en el día de santa Beatriz y desear que este día sea nueva ocasión para revivir con gozo la propia vocación.

El año de la fe va caminando hacia su término, las intervenciones del Papa Francisco siguen sorprendiendo no sólo a los católicos sino a todos los que se concentran en escucharlo, y la vida en los monasterios transcurre con el peso de cada día, pero con la suave presencia de Dios y la mirada maternal de María, llena de hermosura e Inmaculada.

En el pasado curso de las jóvenes en Mairena he aprovechado la ocasión para invitarlas a recuperar las primitivas motivaciones e inspiraciones de Beatriz. Casi siempre hacemos análisis de nuestra vida atendiendo a lo más inmediato, pero tal vez nos falta “viajar” más a menudo a aquellas primeras inspiraciones que dieron origen a esta forma de vida monástica, mariana y  escondida. Sabemos que ciertos impulsos, motivaciones y deseos son puestos por el mismo Señor en los santos y también en cada uno de nosotros. A veces les llamamos inspiraciones.

Tenemos facilidad para detectar que las de los santos son en verdad obra de Dios y signo del Espíritu, sin embargo, cuando nos toca hacer lectura creyente de nuestro vivir diario no estamos tan seguros. Dudamos de nuestras verdaderas motivaciones, tememos abrirnos para decir con sencillez lo que sentimos, ememos abrirnos para decir con sencillez lo que sentimos y pensamos, nos falta valor para confrontarnos con los verdaderos valores que inspiraron a un fundador o fundadora y que han quedado como verdaderos signos que estimulan el caminar de cada día, aunque cambien las circunstancias y personas.

En este tiempo de rapidísimos cambios, a veces parece que muchos fundamentos se tambalean o debilitan y que son pocos los principios que permanecen estables. Estamos un tanto sorprendidos por los avances que ejerce la secularización y el laicismos de nuestras sociedades desarrolladas, avanza en muchos la ausencia de Dios, las relaciones entre los hombres se complican..., y también escuchamos con mucho interés los mensajes de los papas que nos han llamados a todos a la nueva evangelización, nos animamos cuando comprendemos que revitalizar la fe es esencial en este momento y también transmitirla, y vemos como respuesta ineludible la fuerza de los testigos, que los ha habido siempre y que ahora son tan esenciales como en la primera Iglesia, en la época de las persecuciones o en los momentos de crisis y de revoluciones.

Por eso sigo pensando que es oportuno recuperar las primeras inspiraciones de Beatriz y de la primera generación, es conveniente seguir un ejercicio de confrontaciones con aquellas primigenias motivaciones y es necesaria una nueva revitalización de cada vocación y de la vida concepcionista. Por lo general, lo pasado, ya no vuelve, la Historia es maestra. La nostalgia por sí misma no es ningún valor. Cada tiempo tiene su propio afán. Pero todo ello en su conjunto no es óbice para recuperar esas inspiraciones que animaron o motivaron las decisiones de Beatriz y cómo basadas en ellas, a través de mediaciones e incluso de notables dificultades, surgió ese proyecto de Dios del que sois depositarias y del cual tenéis la responsabilidad de transmitir a la siguiente generación.

La vida concepcionista surge como respuesta, como contestación a una llamada, a una necesidad tal vez. Es un servicio al Altísimo. Y visto desde la experiencia y desde la historia, caemos en la cuenta que el Poderoso sigue haciendo obras grandes, como en María, como en su Iglesia, en la cual sigue suscitando nuevos impulsos, nuevas fuerzas que se hacen concretas en un tiempo concreto. ¿Caemos en la cuenta que nuestra vida también es respuesta y servicio? ¿Un servicio generoso e incondicional como es incondicional el cuidado que recibimos del Altísimo? ¿Que nos motiva a vivir cada día? ¿Qué ocupa la centralidad de nuestra existencia? ¿Qué rostro del Altísimo ocupa nuestra oración de la mañana y de todo el día?

Del mismo modo, esta vida se dibuja desde sus orígenes a través de una arquitectura monástica y de vida escondida. Lo monástico forma parte de la tradición de la Iglesia y se ha mantenido hasta el día de hoy en vosotras. Lo monástico no está en crisis. Lo monástico es una forma concreta y real para poder vivir la esencia del cristianismo y el evangelio con pureza y radicalidad. La estructura monástica no afecta a edificios, modos o costumbres. Lo monástico hace referencia a vivir desde la raíz la esencia del Evangelio. Lo monástico no es seguridad ni protección ante los peligros. Lo monástico arranca de la búsqueda de Dios, suele estar dibujado en una regla, se organiza en torno a las relaciones fraternas y busca un equilibrio entre lo personal y lo comunitario. Los votos o consejos evangélicos, la clausura, el oficio litúrgico, el trabajo, la fidelidad a la Iglesia y las otras facetas de esta vida constituyen el anclaje necesario para que este modus vivendi sea un camino abierto a la búsqueda de Dios y un camino de exigencia en conformidad con la enseñanza evangélica que proporciona espíritu y vida.

En este orden de cosas cabe preguntarse: ¿Qué motiva o qué mueve a cada hermana en el vivir de cada día? ¿Qué la hace moverse o motiva los movimientos del día a día? ¿Hacia dónde dirige su entrega, su interior, su actividad, sus limitaciones y fragilidades? ¿Cómo afronta las contrariedades y cómo intenta superar las dificultades que provienen de las relaciones fraternas? A veces, solemos valorar con más altura el catálogo de las virtudes o los puntos que creemos esenciales de las Constituciones, y nos suele faltar cierta maestría para gestionar bien o adecuadamente el transcurso de las horas de cada día con su propio afán o su propio disgusto (Mt 6, 34).

Todo el entramado monástico se teje precisamente en la vida común, en las relaciones fraternas, en el mandamiento de la caridad. Por eso nadie ha llegado a la meta, lo importante es reconocer que estamos en camino, que somos peregrinos y buscadores. Que anhelamos la plenitud y que nos dejamos guiar por la esperanza hasta llegar a lo definitivo o eterno.

Y justo, definitivo y eterno es el estado que fue elegido por Dios para la que fuera Madre de su Hijo: inmaculada y santa, irreprochable ante Él por el amor. Si Ella fue preservada de toda fealdad, de todo pecado, es porque ese fue el estado original y el de la plenitud o de la última etapa que nos ha sido prometido a nosotros. María en su enemistad con el pecado es garantía de la obra de Dios realizada en Jesucristo por el Espíritu Santo, a través de la cual se nos da en promesa la etapa final a la que ha sido destinada toda la humanidad. Vivir en veneración permanente de la Concepción sin mancha de la Virgen María es un don y un modo de vivir en anhelante espera. No es sólo venerar aquel momento de la Gracia del primer instante ni aquel otro de la visita del ángel, sino también aquél que hace referencia a la eternidad, a la plenitud, a hacerse un solo espíritu con Cristo mediante el amor.

 

En tanto, caminamos entre esas luces y sombras que tan propias son de la condición humana. De entre las luces María aparece como preservada de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura. Purísima había de ser la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo. Purísima a la que, entre los hombres, es abogada de gracia, y ejemplo de santidad (Prefacio de la Inmaculada). Su juventud y limpia hermosura ha inspirado muchos de vuestros buenos deseos y de vuestras buenas obras, y en razón de vuestra especial consagración a la Virgen Inmaculada, vuestra Forma de vida en su integridad es oblación, donación, alabanza y veneración.

Por eso creo que no está de más preguntarse: ¿Cómo has vivido a lo largo de los años esta especial consagración a honra de la Virgen? ¿Qué ha hecho especial tu donación y tu entrega a tu comunidad? ¿Cómo has revitalizado tu entrega personal a honra de la Inmaculada en tu vivir diario?

En definitiva se trata de no renunciar nunca al sueño del primer momento, al deseo de juventud, al anhelo de una fe y de una consagración más sobria, más purificada. No se puede renunciar a esos anhelos y a esos sueños de primavera, aunque parezca que estamos en otoño. Recuperar las inspiraciones y primeras motivaciones de Beatriz es una exigencia de todas las épocas y cada comunidad es expresión del carisma que Dios le concedió y que la Iglesia os ha entregado. Recuperar esas inspiraciones y confrontarse continuamente con ellas es revivir juventud y hermosura dentro de este carisma que el Espíritu encendió en santa Beatriz. Recuperar las primeras inspiraciones es no renunciar a que las nuevas generaciones de hermanas se entusiasmen y vibren como lo hizo Beatriz y tantas seguidoras hasta el día de hoy.

En realidad cada 17 de agosto, celebráis no sólo la santidad que Dios concedió a esta mujer sencilla y fiel, amante del misterio de María, sino recorrer de una sola mirada la cadena ininterrumpida de hermanas que en actitud humilde, en vida escondida, no han dejado de proclamar que este divino camino es un servicio al Altísimo en un monasterio a honra de la Bienaventurada Concepción de la Virgen María.

Os deseo toda clase de bendiciones en este día y que Santa Beatriz siga inspirando cada uno de vuestros pensamientos, palabras y acciones. Que os siga regalando el don de la fidelidad y que inspire a nuevas mujeres para que prosigan este divino camino, lleno de felicidad y paz.

Recordando a todas las hermanas con afecto, pido la bendición de Dios para cada una de vosotras.

Fr. Joaquín Domínguez Serna, Asistente

Sevilla, 8 de agosto de 2013