Skip to main content

Los días del Triduo Pascual 2ª parte


18 Abril 2014

Pascua de los Franciscanos.

Provincia Franciscana de la Inmaculada Concepción

SÁBADO SANTO

Hay una espera que es emocionante y otra que es sencillamente desesperante. Cuando una madre espera el nacimiento del hijo de sus entrañas, la alegría lo desborda todo, incluso el momento duro del parto. Pero también sabemos que nosotros no somos de mucho esperar: cuando el ordenador va lento, cuando no me cogen el teléfono, cuando he quedado y tengo la sensación de que pasan de mí... Hoy se nos pide que vivamos el día como tiempo de espera. Hoy Jesús nos enseña a esperar bien. ¿Cómo aprender esta lección?

Si nos damos tiempo para el silencio, de modo que podamos escucharnos a nosotros mismos y podamos escuchar los dolores y las esperanzas de la gente de este mundo. Si damos crédito a su palabra: "el hijo del hombre tiene que morir pero al tercer día resucitará". Si somos capaces de ver en medio de los acontecimientos duros de nuestra vida que algo nace de nuevo, diferente a lo que yo jamás había podido imaginar.

Por eso, el Sábado Santo es el día del silencio. Silencio de Dios. Silencio de la Iglesia. El órgano no suena, ni tampoco las campanas. Un silencio no vacío, sino lleno de sentido.

 

 

 

Lo propio de este día es que la comunidad cristiana ora y medita. El dolor de Cristo es dolor también de la Iglesia y de la humanidad. Jesús en el sepulcro es el símbolo mejor del Mesías, que ha tomado sobre sí el dolor, la muerte y el silencio de todos los hombres de todos los tiempos. Si el grano de trigo no muere...

Pero es un dolor esperanzado, ya asimilado. Qué bueno sería poder estar a solas ante el sepulcro, ante la cruz, y ahí, en toda su desnudez, permanecer... Si tengo que decir, digo, si tengo que callar, callo; si me viene cansancio o pérdida de tiempo, aguanto.

Qué bueno, es encontrar en este día algún momento en el que poder compartir con algún hermano la experiencia del sepulcro vacío, o de la misma cruz. ¡Nos hace tanto bien poder narrar con alguien, en confianza, este tipo de experiencias personales, que tanto nos marcan y aportan a nuestro crecimiento personal y fraterno...!

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

¿Has muerto con Cristo? ¿Has sabido esperar junto al sepulcro vacío? Entonces estás en condiciones de hacer una fiesta muy grande, con una alegría muy diferente a las que estamos acostumbrados a que se nos venda por tantos lugares. La alegría de la pascua no nos pertenece, se nos da, y somos receptores de ella en cuanto que hemos unido nuestras vidas a la de Jesús.

Por eso, este tiempo, el grito unánime, que desgarra el poder de la muerte y del silencio es "ALELUYA". Es el grito alegre de toda la Iglesia, de todo aquel que ha ESPERADO junto al HERMANO y QUIERE vivir desde la alegría y la vida nueva de la Resurrección.

Sabemos que la celebración más rica de todo el año litúrgico es la Vigilia Pascual. Se nos pide prepararnos bien para ella: bien de ánimo, bien de aspecto exterior, bien de coordinación en la misma celebración (lecturas, cantos, signos...). Es tan bonita que no nos podemos perder el más mínimo detalle.

Destaca el símbolo de la luz sombre las tinieblas. El acontecimiento "histórico" de la resurrección de Jesús aconteció en la noche. El crucificado en pleno día resucita en la más absoluta de las oscuridades. Al que no le dejaron brillar durante el día, adquiere luz propia que traspasa el poder de cualquier tiniebla durante la noche. Jesucristo no vence únicamente a la muerte física, sino a todo aquello que pueda amenazar la vida de la persona, sea lo que sea y venga de donde venga. Podríamos decir que la esperanza ha perdido parte de su fuerza, porque al que esperábamos, lo tenemos con nosotros de una forma diferente: ahora sí que le entendemos, ahora sí que acogemos, ahora es cuando le podemos celebrar.

Dios está en su Hijo en este día, en estos cincuenta días de Pascua. Así lo proclama la Palabra de Dios que nutre la vida de los cristianos durante estos días, y así lo vemos sobre todo en la primitiva comunidad de seguidores de Jesús: "Cristo ha resucitado y estamos alegres".

Cristo, resucitando, ha vencido a la muerte. Este es en verdad el día que hizo el Señor. El fundamento de nuestra fe. La experiencia decisiva que la Iglesia, como Esposa unida al Esposo, recuerda y vive cada año, renovando su comunión con Él, en la Palabra y en los Sacramentos de esta Noche.