SANTA MARÍA del Claustro

En una ocasión en el marco de una entrevista me hicieron la siguiente pregunta: ¿Qué significa María Inmaculada para una hermana concepcionista?
La pregunta me gustó, porque tocaba en el punto nuclear de nuestro carisma. Rápidamente pasaron por mi mente las escenas más sobresalientes del Evangelio en que aparece María, la Madre de Jesús. Y di esta respuesta: María es para la hermana concepcionista, aceptación incondicional a la voluntad de Dios en la Anunciación. María es servicio alegre y generoso en la visita a su prima Isabel. María es pobre y humilde, pero tierna madre del don de Jesús y mujer acogedora de los pobres y humildes que van a adorar a su Hijo en Belén. María es para la hermana concepcionista, escucha atenta de la Palabra en la vida pública de Jesús.
María es la fe firme, fiel y fuerte al pie de la cruz en el Calvario. María es la alegría serena y transformadora de la mañana de Resurrección. María es para la hermana concepcionista, la Madre que acoge a los hermanos para consolarlos y orar juntos al Padre en la espera del Espíritu Santo.
Y María es la que, después de la venida del Espíritu, permanece en silenciosa oración en el cenáculo, mientras los apóstoles salen a predicar; y eso es también María para la hermana concepcionista, porque como dicen nuestras CC.GG: “el silencio y la oración son su apostolado.”
En nuestros claustros, María resuena de una manera muy particular. Con su imagen nos podemos tropezar en muchos rincones y nos la podemos encontrar unas veces sola, orando, contemplando;
en otras la podemos ver con una inmensa ternura con el Hijo en brazos y mostrándolo a los demás; también la encontraremos acompañada de algunas mujeres o de Juan, llorando la muerte de Jesús…no acabaríamos, pues el arte y la imaginería sobre María es casi incalculable.
Estos encuentros con la imagen de María en nuestros claustros son como señales en el camino que, si nos fijamos un poco en ellas, nos van indicando muchas actitudes de su vida, que cual vereda, nos llevarán con seguridad a Jesús. ¿Qué sería del conductor o la persona que quiere llegar a un lugar o meta, y pasa por la vida sin fijarse en las señales de cómo y por dónde podrá llegar a ella? Sin duda que está loco o bastante despistado. Pienso que quizá andamos muchos y muchas loc@s y despistad@s por estos lugares.
En nuestros claustros hay muchas cosas y rincones que nos hacen volver nuestra mirada a Dios. Pero numerosas veces nos puede la prisa, el mucho que hacer, la rutina, la monotonía y el cansancio y otros aspectos más de la vida que cada una sabe. Eso nos envuelve tanto que no nos detenemos a contemplar una flor, el árbol, sus raíces, su despojo por la poda sufrida, o la frondosidad de sus hojas y la belleza de su fruto; no reparamos en los pequeños detalles de la vida: esa pequeña plantita que se abre paso entre piedras, el canto o piar de un pájaro, el vuelo majestuoso de la gaviota o el caminar sencillo pero elegante de la paloma o tórtola; nos parece pérdida de tiempo contemplar la mirada o el juego de nuestros animales domésticos. Nos transportamos ante la belleza de una puesta de sol, ante el inmenso mar, ante la majestuosidad del universo. Sin embargo… Para el limpio de corazón y para quien busca una meta, toda señal, por muy pequeña que parezca, le lleva a ella. Nuestra búsqueda y meta es Dios. Intentemos ir por la vida claustral, un poco más despacio, más serenas, para descubrir su voz y su mirada donde menos lo esperamos. Seguro que buscamos y vamos en busca del Infinito…y perdemos el trozo de cielo y de infinito del que estamos rodeadas.
Pero nos queda el último eslabón, el más importante, la más segura y directa de las señales en el camino: El hermano, la hermana. Con quienes convivimos día a día y aquellos con quienes nos encontramos de vez en cuando. Es una señal de tráfico tan clara e importante que, por no verla, y saltárnosla, nos ponen una buena multa. Cuidemos mucho esta señal, pues la fraternidad vivida en misericordia, comprensión y donación, son las pistas más transparentes para descubrir la calidad de una vida consagrada.
Una vida así, no se improvisa. María, no vivió improvisando su fiat. Ella, profundizó sus raíces en la contemplación del amor del Padre y de su Hijo Jesús y se dejó llevar por el suave aliento del Espíritu Santo. Así, sí podremos vivir un seguimiento de Jesús, entregado en donación permanente y oblación viva; sin regatear hasta aquí sí, y hasta aquí no.
Mirando a María, nuestra vida se convertirá en un SI siempre renovado, que hará crecer y madurar el buen fruto que de nosotras, espera Dios, nuestro Padre.


