La Ascensión del Señor al Cielo
La plenitud de la Resurrección
San Lucas (24,46-53)
La solemnidad de la Ascensión que hoy celebramos, nos ayuda a entender y, por tanto a vivir mejor el don de la Pascua que estamos celebrando durante cincuenta días y que concluirá el próximo domingo con la fiesta de Pentecostés.
El Señor dice a los Apóstoles antes de dejarlos físicamente, que es necesario predicar en su nombre por todos los pueblos, empezando por Jerusalén la conversión y perdón de los pecados. Les dice que no marchen de Jerusalén hasta que reciban la promesa del Padre (don del Espíritu). Los discípulos son testimonio, pero necesitan la fuerza, energía; y que el Espíritu los empujen cuando Jesús no esté físicamente o cuando, sintiendo la ausencia del Resucitado, hallen la presencia de su Espíritu.
En el momento de ser llevado al cielo, los apóstoles se prosternaron y adoraron a Jesús, reconociéndole plenamente como Señor de sus vidas como aquel que había sido enviado por el Padre y compartía con él la misma divinidad.
La marcha definitiva de Jesús hacia el Padre , a cuya derecha se sienta, es para nosotros un mensaje que lleva unas actitudes que debemos vivir plenamente y nos tiene que hacer crecer como hijos de Dios y hermanos del Señor que actúa entre nosotros a través de la presencia de su Espíritu.
También nosotros deseamos el Espíritu Santo que more en nuestros corazones, que nos transforme y nos haga discípulos fieles de Jesús. Pero todavía tenemos que progresar en la actitud de adorar y dar gracias a Dios, crecer en la experiencia de maravillarnos por la presencia del Señor, de todas esas maravillas que ha hecho entre nosotros; hay que dar gracias, como hicieron los Apóstoles de una manera continuada.
Que la solemnidad de hoy nos haga conocer el Cristo entero tal y como lo remarcaba san Pablo a los cristianos de Éfeso. Que Dios “ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuales es la esperanza a la que os llama, cual la riqueza de gloria que da en herencia a los santos.”



