Carta del Ministro Provincial OFM 2024
A las Hermanas de la Orden de la Inmaculada Concepción de esta circunscripción
«Resplandece en su vida, entre otras cosas, la entrañable necesidad
que le impulsaba a rendir culto de manera admirable
a Jesucristo crucificado y a la Santísima Virgen Madre de Dios
y a otros bienaventurados del cielo,
como también la fe cierta y la esperanza firmísima,
por lo que, cuando fue cerciorada de su muerte inminente,
lejos de perder la serenidad de ánimo,
abismada en más intensa contemplación,
se fue gozosamente al encuentro de Jesucristo el Esposo»
(Bula de canonización de 3 de octubre de 1976)
Madrid, 14 de agosto de 2024
A todas las Hermanas de la Orden de la Inmaculada Concepción:
El Señor os dé la paz.
El Señor os ha confiado coger el testigo de aquella forma de vida que inspiró a Santa
Beatriz de Silva y continuar su obra. Podemos descargar responsabilidades justificándonos por el hecho de que no alcanzamos esos grados de santidad, y, a lo más, nos dedicamos a narrar lo que nos ha llegado a nosotros de los múltiples ejemplos que nos ha dejado con su vida, ofrecida al Señor y venciendo todo tipo de presión para ser únicamente suya.
En el proceso de beatificación de 1636, una de las testigos, Mariana de Luna, señala que Santa Beatriz, amén de la devoción al misterio de la Concepción de nuestra Señora, fue devotísima de la pasión de nuestro Señor Jesucristo que meditaba y contemplaba en sus diarios ejercicios de oración. El hecho de estar celebrando este año los 800 años de la impresión de las llagas en nuestro padre San Francisco parece como que nos ayuda a resaltar esa devoción de la pasión y la transformación que experimenta el alma que contempla al Crucificado.
La pasión habla, en primer lugar, de entrega, de paso al frente por parte del Señor para mostrar el proyecto de Dios, expresión máxima del amor que se hace ofrenda para salvar al ser humano. El cuerpo sufre los azotes y las heridas de los clavos y de la lanza que traspasan; el alma sufre el desprecio, las burlas, el abandono y la traición de quienes decían estar dispuestos a dar su vida. Pero el amor todo lo aguanta, todo lo soporta.
Santa Beatriz, al contemplarlo, encontró ahí la fuerza necesaria para seguir adelante sin que el ambiente de la Corte y las envidias y amenazas frenaran el deseo ardiente que manaba en su corazón. Lo único que le importa es la fidelidad a la voluntad del Padre, sin reclamar honras efímeras, sino buscando sólo volver a Él el corazón y entregar su vida amando a Dios y mostrando ese amor en el trato con las hermanas y con los pobres.
¿Y nosotros? En nuestras profesiones proclamamos a los cuatro vientos que nos entregamos totalmente al Señor, pero luego hallamos que hay situaciones atascadas: no acabamos de tener un corazón totalmente para el Señor, nos aferramos a nuestras seguridades, hay heridas abiertas que siguen dañando la relación fraterna y sentimos como que hemos tapado la escucha a Dios porque nos aferramos a nuestros criterios y posturas intransigentes con relación a los otros.
Por eso, mirándonos en el espejo de Santa Beatriz, mujer que honraba la pasión del Señor y a su Santísima Madre, y que vivía desde una fe y esperanza arraigadas en el Señor para vivir el encuentro definitivo con el Esposo, tenemos pasos que dar en nuestra vida de consagración:
a. Pasar de una oración rutinaria y más de cumplimiento a una oración sincera, que nos
transforme, que nos apasione por Aquel a quien contemplamos, razón de nuestra consagración y que se haga palpable a través de la vida.
b. Cultivar una auténtica y fiel escucha, sin manipulaciones y sin tergiversar el querer de Dios. La Palabra marca nuestra ruta y a la Palabra ha de llevar nuestra vida. Si no es a Cristo Palabra a quien vivimos, ¿a quién seguimos y a quién mostramos?
c. Nutrir nuestra relación como hermanas,sabiéndonos y viviéndonos como hermanas, donde la otra es acogida, aceptada y amada en Cristo, quien nos mostró el rostro del amor en la entrega total de sí.
d. Sanar y cicatrizar heridas que levantan muros y crecer en una auténtica comunicación
fraterna donde dejemos a un lado chismes y redes que nos atrapan y nos aíslan de las
hermanas y del proyecto de Dios.
e. Vivir un auténtico proceso de transformación en el que, desde la contemplación y la
penitencia, nuestra mirada sea más filial y fraterna, para así ser imagen de Cristo, pobre y
crucificado, el que nos mostró con su vida el amor a Dios y al prójimo como único y
principal mandamiento.
Que María Inmaculada, a quien Santa Beatriz buscaba en la oración y deseaba hacer resplandecer en su vida, nos siga guiando para que su fiat sea también nuestro sí a la voluntad del Padre, a fin de que, en cada hermana y en cada comunidad concepcionista, brille la alegría de saber a quién pertenecemos y sólo procuremos enraizar nuestra vida en Jesús, el Señor.
Fray Joaquín Zurera Ribó, OFM
Ministro provincia



