San José venerado en el Monasterio de Cabeza del Buey (Badajoz)
El Evangelio S. Mateo, nos muestra parte del drama que vivió S. José al saber que María estaba embarazada. Quería repudiarla, en secreto, (porque era justo), y porque no quería que fuera apedreada según lo dispuesto en la Torá. S. José convencido de la virtud de María, se negaba a entregarla al riguroso procedimiento de la ley de Moisés.
Según el Evangelio de S. Mateo, el ángel del Señor le manifestó en sueños que ella concibió por obra del Espíritu Santo y que su hijo «salvaría a su pueblo de sus pecados», por lo que José aceptó a María.
Luego, antes que Herodes el Grande ordenara matar a los niños menores de dos años de Belén y de toda la comarca, S. José tomó al niño Jesús y a su madre y huyó a Egipto.
S. José fue escogido por Dios para ser el Esposo de María, y hacer las veces de padre de Jesús en la tierra.
Según S. Pedro Crisólogo, S. José fue un hombre perfecto, que poseía todo género de virtudes.
Durante los treinta años que vivió junto, con Jesús y María, fue el mejor amigo, de su hijo, Jesús, su compañero de trabajo, y con quien Jesús conversaba, y oraba. Aceptaba la ayuda servicial de Jesús en los quehaceres y responsabilidades diarios.
No podemos dudar que mientras vivió en compañía de Jesús, creció en méritos y santificación que aventajó a todos los santos.
Nosotras le rezamos todos los días esta oración, del Papa León XIII:
"A vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación; y después de invocar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido, y por el paternal amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con su poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.
Proteged, Oh Providentísimo Custodio de la Sagrada Familia la escogida descendencia de Jesucristo; apartad de nosotros toda mancha de error y corrupción; asistidnos propicio, desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas: y, como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de la vida, así ahora, defended a la Iglesia Santa de Dios de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, ya cada una de nosotras protégenos con perpetuo patrocinio, para que, a vuestro ejemplo y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir y alcanzar en el cielo la eterna bienaventuranza. Amén."



