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Recibid el Espíritu Santo


30 May 2020
Recibid el Espíritu Santo

La palabra griega Pentecostés traducida literalmente quiere decir fiesta del día cincuenta.

Antes de ser una fiesta cristiana era una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también fiesta de las semanas o fiesta de las primicias, pues en ella se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados siete semanas después de haberse iniciado la siega. Para los judíos era, por tanto, una fiesta de acción de gracias a Dios por la cosecha.

Con el tiempo se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Por ello se la denominó también la fiesta del Sinaí o fiesta del Pacto. Se celebraba cincuenta días después de la pascua judía.

San Lucas señala que fue en la fiesta judía de Pentecostés cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar». Desde entonces Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta en la que se celebra el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a Santa María, acontecimiento que tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.

Análogamente podemos decir que el Don del Espíritu al hombre es “la primicia de la cosecha”, el fruto primero y precioso de la Pascua. Por medio del Espíritu Santo Dios finalmente realiza la promesa de la nueva creación: «Les daré un corazón nuevo, infundiré en ustedes un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26). Por el Don del Espíritu el creyente no sólo recibe un nuevo corazón, sino que además el mismo amor de Dios es derramado en su corazón por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5). De este modo el hombre nuevo, fruto de una nueva creación realizada por el Señor Resucitado, es capaz de amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.

Por otro lado, la irrupción del Espíritu Santo en forma de viento y fuego remiten al momento en que Dios se manifestó al pueblo de Israel en el Sinaí, para otorgarle su Ley y sellar su alianza con él (ver Ex 19,3ss). Pentecostés se presenta como un nuevo Sinaí, como la fiesta de un nuevo Pacto, una Alianza que Dios extiende a partir de ese momento a todos los hombres de todos los pueblos y naciones de la tierra. El alcance universal de la nueva Alianza sellada por el Señor Jesús con su propia Sangre en el Altar de la Cruz, queda de manifiesto por las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (ver Hech 2,9-11). El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía entonces hasta superar toda frontera de raza y cultura. Este pueblo es la Iglesia, que es católica (palabra de origen griego, que significa “universal”) y evangelizadora desde su nacimiento.

Aquella “primicia de la Pascua”, el Espíritu Santo, fue entregado por el Señor a sus discípulos el mismo día de su Resurrección (Evangelio). En aquella ocasión el Señor sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». De este modo los hacía partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos con el poder de lo Alto y en nombre de Jesucristo, son enviados al mundo entero con la misión de participar a todos los hombres los frutos de su obra reconciliadora.

Esta misión la ratificó el Señor antes de ascender al Cielo, cuando les dijo a sus Apóstoles: «Vayan por todo el mundo» (Mc 16,15) y «hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20).

Para poder llevar a cabo esta misión evangelizadora contarían con una ayuda muy particular: «recibirán la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,5.8; ver Lc 24,49). El Espíritu los trasformará en valientes y audaces apóstoles, testigos del Señor ante todos los hombres, así como en maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Es únicamente con la fuerza del Espíritu como los Apóstoles podrían cumplir con la misión evangelizadora, que excede absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades humanas.

Siguiendo las instrucciones del Señor los Apóstoles permanecieron en el Cenáculo de Jerusalén, orando en torno a Santa María, hasta el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2,2-4). El Espíritu Santo es sin lugar a duda el gran protagonista de la evangelización.

Finalmente, si en Babel todos quedaron confundidos, sin poder comprenderse los unos a los otros por hablar de pronto en distintas lenguas (ver Gén 11,1-9), en Pentecostés quienes hablaban distintas lenguas de pronto eran capaces de comprender a Pedro, escuchándolo hablar cada cual en su propia lengua. El Espíritu Santo transforma la antigua confusión en comunión. Él es la Persona divina que reconcilia, que une a quienes son tan diversos entre sí.

(Cf. evangeliodominical.org)