CRISTO, MEDICINA SALUDABLE
La televisión, la radio, la prensa, todas las informaciones a través de cualquiera de los medios digitales, no hablan de otra cosa: la pandemia. Y también nuestros pensamientos y nuestro corazón parecen estar `infectados´ con esta preocupación por la situación tan crítica que vive nuestro mundo.
Tanto es así, que la Semana Santa se nos ha echado encima y casi no nos hemos dado cuenta, tras vivir esta atípica cuaresma.
Pues ya es momento de adentrarnos de lleno en este Sagrado Triduo para volver a poner todo en su sitio en nuestra vida, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y el César se ha llevado demasiado tiempo de nuestras vidas… Esta Semana Santa debe hacer que volvamos la vista al Señor, a nuestro Señor, a quien debe ser nuestro único Señor. El Señor en quien debemos poner nuestras fatigas y dolores, para que Él cargue con ellas; nuestras preocupaciones e incertidumbres, pues en Él hemos puesto nuestra confianza; nuestros planes y esperanzas, pues sólo Él es nuestro camino, verdad y vida.
A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien (Rm 8,28), nos dice San Pablo, porque él tiene una mirada trascendente del mundo. Él comprendió que la cruz, aunque parezca escandalosa o carente de sentido, es el único camino para la salvación, para alcanzar la gloria; y que todo el dolor y el sufrimiento que podamos experimentar sólo cobra sentido unido a la cruz de nuestro Señor.
Por tanto, es hora de que sea Él quien ocupe todo cuanto somos y tenemos, y que venga a dar sentido a todo cuanto estamos viviendo y sufriendo en estos momentos; porque Él es la respuesta a todo, hoy y siempre. Para ello adentrémonos este Jueves Santo en el cenáculo, y sentémonos a la mesa con Él. Volvamos a escuchar de sus labios “he deseado ardientemente comer esta pascua contigo”; descalcemos nuestros pies para que Él los lave, y sintamos cómo los vuelve a besar; y abramos nuestras manos para recibir el pan que parte para nosotros y acoger el cáliz con el vino nuevo de su vida nueva.
Así, después de haber entrado en su intimidad más profunda, en la noche en que su corazón se está derramando en amor por aquellos que, a pesar de su traición, eran sus más fieles amigos, podremos fortalecer nuestra debilitada fe. Una fe que sólo encuentra su alimento en el pan vivo que ha bajado del cielo. La fe que disipa la tiniebla de la duda o el desconsuelo y que nos muestra la luz que debe marcar nuestros pasos fatigados.
El Jueves Santo es el reencuentro con el amado. Y en este encuentro, debemos dejar que sane nuestras heridas y reconstruya los jirones de las profundidades de nuestra alma. En este particular Tabor, el corazón recupera la esperanza, para bajar de nuevo al mundo con una mirada nueva, cargada de fortaleza y misericordia. Sólo tras haber estado con el Señor y haber compartido con Él el pan y el amor fraterno, podremos estar preparados para subir al monte Calvario, y vivir el Viernes Santo, sabiendo que la cruz derramada en amor tiene sentido, como camino necesario para la vida en plenitud.
Jacinto Ruiz Roso
Sacerdote.



