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Más allá de la Cruz


07 Marzo 2020
Más allá de la Cruz

¿Puede haber acaso un cristianismo sin cruz? ¿Puede uno ser discípulo de Cristo sin asumir las diarias exigencias de la vida cristiana, sin morir a los propios vicios y pecados para renacer diariamente a la vida en Cristo, sin abrazar con paciencia el dolor y el sufrimiento que también nosotros encontramos en nuestro caminar?

¡No! El Señor nos ha enseñado claramente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24).

Cristo cargó su Cruz y por nosotros murió en ella. Nuestra vida, para que se asemeje plenamente a la del Señor Jesús, debe pasar por la experiencia de la cruz. Al seguir a Cristo no se nos promete: “¡todo te va a ir bien!” Todo lo contrario, se nos advierte de pruebas y tribulaciones…

Pero, ¿quién en su debilidad y fragilidad será capaz de resistir la prueba, alcanzar la paciencia en el sufrimiento y en la adversidad, soportar el peso de la cruz y dejarse crucificar en ella, si no tiene una esperanza que lo sostenga e incluso un premio que lo estimule? Por ello, antes de cargar con su propia Cruz hasta el Calvario, antes de dejarse crucificar Él mismo para nuestra reconciliación, el Señor quiso mostrar un breve destello de su gloria a tres de sus apóstoles para hacernos entender que si bien no hay cristianismo sin cruz, la cruz es el camino a la luz, es decir, a la plena y gozosa participación de su misma gloria.

Así, pues, cada vez que las cosas se tornen difíciles en tu vida cristiana, cada vez que experimentes la prueba, la dificultad, la tribulación o cualquier sufrimiento, mira el horizonte luminoso que se halla detrás de la tiniebla pasajera y recuerda lo que decía San Pablo: «estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8,18).

Y si experimentas un sufrimiento demasiado intenso, si tu alma se desgarra y se hunde bajo el peso de una cruz que te resulta excesivamente pesada para cargar, no desesperes, no te rebeles, mira al Señor Jesús en el monte de la transfiguración y míralo también en aquél otro monte, en Getsemaní. Allí Él te ha dado ejemplo para que también tú en esos momentos que te ponen al borde de la desesperación aprendas a rezar desde lo más profundo de tu angustiado corazón: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Pídele al Señor en esos momentos un corazón valiente como el Suyo, pídele la fuerza interior necesaria para cargar tu propia cruz y abrázate a ella con paciencia, con amor incluso y con mucha esperanza. Mira la Cruz del Señor, a la que Él se abrazó por amor a ti, donde Él soportó el sufrimiento para reconciliarte con Dios. Pero mira también más allá de la Cruz, mira al Señor que se alza victorioso, glorioso, transfigurado por su Resurrección, para que te experimentes alentado a cargar tu propia cruz y seguirlo sin vacilación hasta participar tú también con Él de su misma gloria.

(Cf. evangeliodominical.org)