CUARTO DOMINGO DE PASCUA
En este pasaje, Jesús se presenta como modelo de pastor, el buen pastor.
Para comprender bien este relato evangélico es necesario situarlo en su contexto, un contexto con un marcado tono de tensión y de conflicto.
En el capítulo anterior, Jesús había curado al ciego de nacimiento, lo que ocasiona que los fariseos lo expulsen de la sinagoga (9, 34) y queden como los falsos pastores, los asalariados, frente a la imagen de Jesús, que inmediatamente se hace el encontradizo y acoge al ciego (9, 35) Este fragmento prepara el que hoy proclamamos en el Evangelio.
Jesús es el buen pastor porque “conoce” a los suyos, tanto si están cerca como si están lejos (v. 14); los “defiende” de los peligros, no los abandona, ni huye (vv. 12-13); “da la vida” por todos, a diferencia del asalariado (vv. 11 y 15); “reúne” en unidad a los que están dispersos, los atrae y reconcilia (v. 16)
Para los primeros cristianos, Jesús no era solo el pastor, sino el buen pastor, el verdadero pastor, el único líder que podía orientar y dar la vida verdadera a los hombres. Los cristianos creemos que sólo Jesús puede ser el guía definitivo, la piedra angular. Sólo desde Él aprendemos a vivir, pues precisamente ser cristiano es ir descubriendo desde Jesús cuál es la manera más humana de vivir. Seguir a Jesús como buen pastor es asumir las actitudes fundamentales que Él vivió.
Durante esta semana proclamemos con alegría que el Señor es nuestro pastor; dejémonos conocer, amar y guiar por Jesús, pues “ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos” y Él sigue buscando las ovejas perdidas.



