JUEVES SANTO Desde la cabeza a los pies
Comenzábamos la Cuaresma el Miércoles de ceniza con el rito de la imposición de la ceniza en la cabeza y terminamos el Jueves Santo con otro rito, el lavatorio, agua en los pies. Entre estos dos ritos se desarrolla nuestro camino cuaresmal de conversión.
Un camino, aparentemente corto, de la cabeza a los pies, pero en realidad 40 días son insuficientes para recorrerlo, nos hace falta toda una vida.
El evangelista san Juan nos narra este episodio del lavatorio, -que omiten los sinópticos-, en la gran fiesta del pueblo judío, la Pascua. Jesús cena con sus discípulos, sabe que su “hora” ha llegado, es el momento de “pasar de este mundo al Padre.” No es un tránsito fácil, pues Jesús “ama a los suyos,” pero ese mismo amor lo lleva a separarse ellos, a amarlos hasta el extremo, hasta la muerte. Conoce la traición de uno de sus discípulos. Sin duda, un momento doloroso, en el que toma conciencia de su misión en su venida y retorno a Dios.
Durante la cena, Jesús realiza un gesto profético, se pone a lavar los pies a sus discípulos. Un gesto espontáneo que tuvo que ser sumamente llamativo. La aparición de varios verbos en los versículos 4 y 5 acentúan aún más la acción de Jesús. Lavar los pies, tarea propia de los esclavos, era expresión de acogida y servicio con personas a las que se les reconocía un rasgo superior. Jesús invierte los términos, su amor le lleva al servicio. Era lógico que Pedro se opusiera, pero la insistencia de Jesus al no detenerse quiere hacerle comprender la importancia de este gesto. Solo a la luz de la resurrección lo entenderán: Dios se revela como servidor. En Jesús, Dios ha recobrado su verdadero rostro, Dios es Padre que crea, ama y se compromete con toda su obra creadora, rechazando y combatiendo todo aquello que intenta destruirla. Los pies del Resucitado nos ayudarán a descubrir el sentido de nuestro caminar y nuestro lavar los pies a los demás.
A diferencia de los otros evangelistas, Juan no narra la institución de la Eucaristía, coloca en su lugar el relato del lavatorio de los pies, queriendo recordar el sentido de la muerte y resurrección de Jesús. Su entrega no es un acto heroico, sino un humilde y fraterno servicio. Su mensaje y testimonio solo busca servir. Su gesto debe ser pauta de comportamiento para sus seguidores: “Os he dado ejemplo para que hagáis vosotros lo mismo que yo he hecho” Los dos relatos, lavatorio e institución de la eucaristía, se iluminan mutuamente. Hemos de servir a los demás y no para aprovecharnos de nuestra condición y misión para ponernos por encima de ellos. Este servicio puede llegar hasta la entrega de la propia vida, expresados por los evangelistas con gestos y palabras, en el pan partido y la copa rebosante, que son su propia vida y el lavatorio de los pies, el servicio como camino único de realización.
Conviene resaltar esta frase: “había amado a los suyos que vivían en el mundo y los amó hasta el extremo” Libremente se entrega por nosotros, la radicalidad de su amor le lleva a dar su vida, día a día entregada, hoy la ofrece para que tengamos vida. La Iglesia celebra el “día del Amor Fraterno”. Ese amor, esa entrega, celebrada en la liturgia y hecha realidad en la vida, es la esencia de nuestra fe cristina.
El evangelio de hoy es, no sólo una llamada e invitación a amar rompiendo todos los límites, sino la experiencia de lo que es sentirse amados por un amor sin medida, gratuito y entrañable.



