Año de la fe: La fe de nuestros padres

Os ofrecemos la segunda celebración en el año de la fe para el mes de noviembre.
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1. Símbolo:
Podemos ambientar este encuentro fraterno con el texto del Credo apostólico. En el credo se encuentran los fundamentos de la fe. La fe de nuestros padres es la fe de la Iglesia y la fe de la Iglesia se asienta, sobre todo en el testimonio de los apóstoles, y es la que nosotros, hombres y mujeres de hoy, hemos recibido. Otro símbolo, por tanto, podría ser una vela grande encendida y un recipiente con agua bendecida que nos recuerda el inicio de nuestro camino de fe, allá en el bautismo.
2. Ambientación
Hermanas, estamos celebrando el año de la Fe. En este rato de reflexión y oración, vamos a echar un vistazo a nuestra fe. Partimos de la pregunta de Jesús a los discípulos ¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Y de la respuesta de Pedro “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. ¿Creo esto de verdad? ¿Creo que Jesús es el Cristo? ¿Creo que él procede de Dios, para ser Dios en mi vida? ¿Creo que su palabra es Palabra de Dios que da sentido a mi vida? ¿Creo que lo más grande de mi vida es creer, ser cristiana? ¿Tengo esperanza?, ¿vivo mejor el dolor? ¿Tengo alegría? ¿Soy feliz? ¿Tiene mi fe necesidad de terapia? ¿Es una fe viva, que contagia? Todas estas preguntas, hermanas, debía planteárnoslas nuestra conciencia, iluminada ya por la fe.
3. Canto: Cerca de ti, del CLN.
4. Lectura: Heb. 11, 1–40 (recordamos la fe de nuestros antepasados, la fe de nuestros padres)
La fe es como aferrarse a lo que se espera, es la certeza de cosas que no se pueden ver. Esto mismo es lo que recordamos en nuestros antepasados. Por la fe creemos que las etapas de la creación fueron dispuestas por la palabra de Dios y entendemos que el mundo visible tiene su origen en lo que no se palpa. Por la fe de Abel, su sacrificio fue mejor que el de su hermano Caín. Por eso fue considerado justo, como Dios lo dio a entender aprobando sus ofrendas. Y aun después de muerto, por su fe sigue clamando. Por su fe también Henoc fue trasladado al cielo en vez de morir, y los hombres no volvieron a verlo, porque Dios se lo había llevado. Antes de que fuera arrebatado al cielo, se nos dice que había agradado a Dios; pero sin la fe es imposible agradarle, pues nadie se acerca a Dios si antes no cree que existe y que recompensa a los que lo buscan. Por la fe Noé escuchó el anuncio de acontecimientos que no se podían anticipar; y construyó el arca en que iba a salvarse con su familia. La fe de Noé condenaba a sus contemporáneos, y por ella alcanzó la verdadera rectitud, fruto de la fe. Por la fe Abrahán, llamado por Dios, obedeció la orden de salir para un país que recibiría en herencia, y partió sin saber adónde iba. La fe hizo que se quedara en la tierra prometida, que todavía no era suya. Allí vivió en tiendas de campaña, lo mismo que Isaac y Jacob, a los que beneficiaba la misma promesa. Pues esperaban la ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por la fe pudo tener un hijo a pesar de su avanzada edad y de que Sara era también estéril, pues tuvo confianza en el que se lo prometía. Por eso de este hombre únicamente, ya casi impotente, nacieron descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo, e innumerables como los granos de arena de las orillas del mar. Todos murieron como creyentes. No habían conseguido lo prometido, pero lo habían visto de lejos y contemplado con gusto, reconociendo que eran extraños y peregrinos en la tierra. Los que así hablan, hacen ver claramente que van en busca de una patria; pues si hubieran añorado la tierra de la que habían salido, tenían la oportunidad de volver a ella. Pero no, aspiraban a una patria mejor, es decir, a la del cielo. Por eso Dios no se avergüenza de ellos ni de llamarse su Dios, pues él les preparó la ciudad. Todos éstos merecieron que se recordara su fe, pero no por eso consiguieron el objeto de la promesa. Es que Dios veía más lejos y pensaba en nosotros, y no debían llegar al término antes que nosotros.
5. Reflexión. (Se puede poner una música suave.)
6. CREDO. Cada hermana puede ir recitando las verdades de nuestra fe con las palabras del Credo. Sería bonito que las hermanas tuvieran velas encendidas. Se dice la frase, seguida de un breve momento de silencio.
7. Repetimos todas juntas:
Creo, aunque todo se oculte a mi fe.
Creo, aunque todo me diga que no.
Porque he basado me fe en un Dios inmutable,
en un Dios que no cambia, en un Dios que es Amor.
Creo, aunque todo subleve mi ser.
Creo, aunque sienta muy solo el dolor.
Porque he fundado mi vida en palabra sincera,
en palabra de amigo, en palabra de Dios.
Creo, aunque todo parezca morir.
Creo, aunque ya no quisiera vivir.
Porque el cristiano que tiene a Dios por amigo,
no vacila en la duda, se mantiene en la fe.
Creo, aunque veo a los hombres odiar.
Creo, aunque veo a los niños llorar.
Porque aprendí con certeza que Él sale al encuentro
en las horas más duras, con su amor y su luz.
CREO, PERO AUMENTA MI FE.
8. Preces: hermanas, oremos ahora por medio del Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, para que nos acompañe en el camino espiritual de este Año de la Fe. Digamos juntas: Oh Señor, envía tu Espíritu.
- Para que la Iglesia unida y reunida por el Espíritu Santo, crezca en la unidad de la Fe hasta la venida de Jesucristo, nuestro Maestro y Señor.
Oremos.
- Para que los laicos, comprometidos en las distintas formas de pastoral, se conviertan en verdaderos discípulos del Evangelio.
Oremos.
- Para que las personas de nuestra sociedad que no conocen, o no quieren conocer a Jesucristo, reciban la gracia de una verdadera conversión.
Oremos.
- por nosotras y nuestras familias, para que tengamos el valor de vivir la fe en lo cotidiano, en el día a día.
Oremos.
Señor, derrama tu Espíritu Santo sobre nosotras para que, al igual que tus apóstoles y sus sucesores, nos convirtamos en transmisoras de la fe que vivimos. Te lo pedimos por Jesús, nuestro Maestro y Redentor. Amén.
9. Canto final: Madre de los creyentes, de F. Palazón.


